Amor etéreo

5 de diciembre de 2008
Incluido en Infatuaciones

«Hoy no dijo nada, ni salió, ni se asomó por la ventana, ni se levantó de la cama… es probable que no haya abierto los ojos todavía. ¿Y, por qué hoy? Ayer sí, hoy no, sin una razón que pueda hacerme comprenderlo.»

—Ahí está la libertad. La libertad para faltar a la mínima comprensión.

«Algo incomprensible es algo libre; pero hay que entenderlo como es debido. No significa que lo que no comprendamos es libre, sino que lo que no tiene comprensión posible lo es: es libre lo irreductible a otra persona… no, a otra persona no: es libre lo irreductible a otra conciencia.

»La libertad es esa distancia ontológica entre un yo y un tú. Por eso, con completo derecho de hacerlo, me manifiesto contundentemente contra la libertad mía, pero, principalmente y con gran desgarro del alma que alberga en este cuerpo, me manifiesto en contra de que las personas que quiero sean libres… la otras pueden hundirse en la mierda, con gran gusto de mi parte por poder enterarme de ello, pero con indiferencia hacia el fundamento de su actuar y de su ser.

»Particularmente ella, que no se ha levantado de su cama, ni ha abierto los ojos; particularmente ella, que no se levanta y que en su visión ciega del mundo no puede darse cuenta de que por lo menos hay una persona que en este momento ocupa todo su pensamiento en tratar de imaginarse su cara —una cara que es dulce, pero no dulce como el azúcar, sino como la vainilla— y el suave movimiento que sus labios hacen tratando de apaciguar alguno de los tormentos con los que sueña, y que ella no sabe que no son reales… Ah, si ella supiera que eso que la hace moverse no existe; y que existo yo, que no puedo dormir cuando ella duerme, porque me asusta que no vuelva de su mudo onírico y que no pueda dibujarse otra vez mi cara en sus ojos cafés, tan comunes como los míos, pero que están más allá que los de cualquiera; ojos que proyectan y reflejan al mismo tiempo…»

Así lo escribió en una hoja suelta que encontró; tomó un lápiz y se alegró porque con grafito su letra le parece mucho más bonita que con tinta. Así de superficial es este hombre, pequeño hombre entre los pequeños, que ya no se afana en encontrarse porque se sabe perdido y —entonces— decidió que no tenía caso ya buscar una esfera obscura y vacua, que además estará siempre infinitamente distante, y, pues, no podría hacer nada una vez encontrándola. Se le presentó así la oportunidad de buscar otra esfera; una igualmente vacía, pero ésta recubierta de mil formas desconocidas e iluminada por los colores más espontáneos e impredecibles, aunque —oh, necedad— a una distancia varias veces más infinita. Sería una búsqueda más entretenida, sin duda, porque aún si no la encontrará —como sabe que es imposible hacerlo— la sola contemplación de sus formas merece ocupar un [el] tiempo que de todos modos se pierde.

Pero hoy no le dijo nada, a pesar de haberse comprometido a ello. No lo hizo con palabras, es cierto; nunca le pronunció “mañana te lo diré”, pero entre ellos nunca habían hecho falta sonidos para sellar sus compromisos, o eso pensaba él, que siempre se hunde demasiado en su propia obscuridad y vacuidad.

Tal vez lo olvidó, porque los pensamientos que no se dicen se olvidan rápido, y más rápido se van los que no sólo se callan, sino que ni aun se piensan, que penas se sienten… o tal vez su propia estancia ya se lo estaba diciendo. Si no se ha levantado, eso es un dicho en sí mismo… pero no, el compromiso era “mañana te lo diré”, él estaba seguro de eso.

Ayer, cuando después de atravesar la calle tapizada por una plasta pegajosa de origen incierto, se detuvieron enfrente del mercado de flores y él se quedó absorto por un rato, estaba pensando en ella. Contemplaba un arreglo inacabado, al que le estaban agregando unas gladiolas y que se agitaba violento como en protesta. Y él ahora pensaba solamente en la manera en que titubeaban las rosas y otras flores multicoloridas, anónimas como buscando el lugar para el que habían nacido, como buscando que su muerte no fuera a terminarlas, como si la primavera no tuviera un significado que llegue más allá de junio. Y este pensamiento no era sino todo ella, la mujer que lo acompañaba y a la que él dedicaba, desde hace varias semanas, la mayoría de sus cabilaciones y, en los últimos veinte minutos, absolutamente no hubo instante en el que no hubiera un ella que acompañara todas sus representaciones.

Sin importarle las implicaciones teóricas que hayan surgido de esta condición de su conciencia, permanecía él en la contemplación del arreglo floral ya casi terminado, y en la idealización, adoración divinizada de la mujercita que lo acompañaba. Mientras esa mujer que él ha endiosado está a su lado, ocupada en el ajetreo cotidiano de un mercado público ubicado en la acera de una avenida trazada por los demonios y atrapada entre los gritos de vendimias y accidentes que casi tratan de imitar súplicas, y sin poder olvidarse de la plasta pegajosa de la calle.

Ha empezado a frustrarse por la desatención en que él la tiene; él, que sólo se ocupa de las flores. Y quiere poder decirle “vámonos de aquí”, pero no se atreve. Si él quiere ver flores, que las vea; si no le importa estar aquí, en medio de tanta cosa hiriente, adelante; y también se da cuenta de que él no piensa en ella. Y no es que no la tenga en mente, en cierto sentido, pero la mujer sublimada en la que mantiene ocupados sus pensamientos no cambia, los trasciende y sólo puede ser contemplada; no existe. Pero ella sí existe y sí soporta los olores fétidos que no sabe de dónde llegan y que ya han provocado una molestia que le aturde el mundo.

Y mientras él piensa —y siente sinceramente— que no puede encontrar una sola cosa que él no sea capaz de sacrificar por la comodidad de ella, que así se tratara del más extravagante de los caprichos para conseguir que estuviera mínimamente más cómoda, y que aunque le implicara un alto sacrificio, él lo haría sin dudas y sin temores. Pero cuando ve las flores, no es capaz de verla en su petición. Es verdad, ella, la que existe, tiene poca importancia, por lo menos cuando se enfrenta con ella, la que no existe.

«18:43. Todavía no se levanta», Escribe. Toma un sorbo de una tasa de té. «Es mentira que no sepa de su compromiso, lo que sucede es que no le importa dejarlo en el olvido, incumplido, pendiente sobre nuestras cabezas y nuestros cuerpos. Pero, en cierto sentido, el que no lo valore es ya decirme mucho.» Él se hunde cada vez más en la bruma de su negrura, como es costumbre suya hacerlo. «Está bien, si no quiere decir lo que debe decir, está bien. No importa que no tenga ni la cortesía de inventar un pretexto, no importa que no le importe saber que yo estoy aquí, desde el alba, pensando en ella, que anoche cuidé sus sueños. Cuánta cobardía, cuánta…» Entonces estrelló su lápiz contra el papel y le destrozó la punta. Sintió un calor en su estómago y ardor un poco más arriba, unas pocas náuseas, se tira al piso, estira sus brazos y aprieta los puños…

Ella, en su cama, con fiebre, ha vomitado varias veces ya, y ha deseado que él pudiera acompañarla, pero no lo ha llamado porque, si no se ha acercado para preguntarle por qué no se levanta, sin no le parece raro que a las 19:00 no se haya aparecido, entonces, ¿cómo iba a importunarlo?

Sin dolor no hay sabor. Sin dolor no hay saber. Sin sabor y sin saber no hay nada, sino dolor y tiempo.