Visita

3 de abril de 2012

Hilary Duff vino a visitarme en sueños y su visita me revertió el mundo en el de adoloescente. Sus palabras llegaban y se depositaban en mi realidad con la fuerza que éstas sólo llegan a tener en la plena consciencia y el crecimiento —irrenunciable, por lo demás, en esos años— conjugados. Sí, crecimiento, señores, cada día nuevas y más conexiones neuronales…

Yo la miraba de la manera en la que se mira a un héroe, y ella me rechazó sin darse cuenta de mi admiración, tan esforzada que estaba en ser sí y en decirme lo de sí… pero si no lo hubiera estado, si me hubiera dejado tomar el control, entonces todo habría terminado mal, porque yo me detesto a mí mismo; no es por despertar compasiones u odios, es como es. Y su mundo estaba lleno de cosas que al mismo tiempo me hacían sufrir como pocas veces y se revestían de la solemnidad más sagrada; magnánimo y virtuoso me sentía de saber lo de sí y sufrir y callar y querer que fuera cierto, con tal de que siguiera ella‐siendo.

Sus palabras quedaron en mí, y no sólo sus palabras: un poco de mi propia adolescencia también volvió: la tragedia como elogio, el único posible, de la vida.

Después, el sueño negro todo lo cubrió y al despertar vino la confesión: ésta es mi realidad, aquí es donde debo encarnar todas las palabras. Y así ha sido, por un tiempo que todavía perdura, no sé por cuanto más.

Mendicidad creciente la de los días aquellos en los que los hombres se miraban y decían “vamos por buen camino”. Y llegamos aquí, casi vivos