una noche

29 de noviembre de 2011

Aparentemente había caído dormida; su cabello se veía suave y bajaba simétrico formando una curva hacia el final. Boca abajo en el sillón, no se veía su cara, sólo su espalda cubierta casi toda por la blusa color azul con la que llegó, con la que saludó a todos con esa sonrisa.

Nadie le preguntó a ella qué es lo que quería, ni tampoco le preguntaron si quería que se lo preguntaran; todos la vieron y sonrieron. Cuando caminaba la seguían con la mirada, imaginaban cosas, deseaban y odiaban lo que veían —ve-í-an—. Con su blusa azul, su mirada coqueta y unos muslos tímidos al fin se sentó, casi en el mismo lugar que ocupa ahora, casi con la misma ropa que tiene ahora. Aparentemente, había llegado gustosa y sonreído a todos.

Luego la noche se calmó, vino el silencio y la obscuridad.

Me mirabas como sólo miras tú; decías dulcemente que me necesitabas. Desnuda, para mí; con tus manos en mis brazos, tus labios en mis ojos.