un día

28 de noviembre de 2011

El encanto de sus majestuosos jardines, la belleza súper humana de sus esculturas y el absoluto buen gusto de sus ventanales. Incansables bardas perimetrales, olores exquisitos, infinitos correres de noche y de día. Maldiciones sumarias y risas enervandas. Mentes felices en rostros distanciados, anestesiados, sujetos por la mole silente de sus cuerpos; con ropa o sin ella, con vergüenza o sin ella, con voluntad o sin ella… todos en los múltiples sillones de piel negra sin saber lo que son ni por qué no están en otro lado.

No saludan y se van… termina otra noche (¿otro día?), una más de todas las que le quedan de vida.

Hola, pretencioso señor; hoy lo vi muy enjundioso. Su hija estará de nuevo llorando, de nuevo echada en el silllón por horas. No puede más.