Renunciación

10 de febrero de 2010

El momento de la nostalgia perfecta, el más recto de los sentimientos de altruismo (la renuncia) guiado por el más completo de los razonamientos, de tal manera que uno puede levantar la cara, quemarse los ojos con el sol y decir «es lo mejor».

Y es posible que lo sea (¿es posible que algo sea mejor que otro algo?: sólo para un alguien, y esto quiere decir que a veces sí y a veces no: no hay inmanencia de la mejoría o del empeoramiento). Oh, sí; y a partir de aquí todos seremos felices o podríamos serlo; a diferencia de ahora en que es imposible. Bien, eso está bien. Y luego, la nostalgia perfecta. El recuerdo de los días y los momentos, el repaso de las caricias y la palabras, de los bochornos y de los desencuentros, del fastidio (nuestro fastidio) que a cada rato rompe; siempre rompiendo…

La búsqueda obstinada —y sin esfuerzo— de la perfección, del momento y de la vida felicidad‐toda. Uno no puede esforzarse en la busca por ser feliz porque el esfuerzo se sufre y si se sufre se huye ya del objetivo; ergo, la naturaleza de la felicidad implica que ésta venga por milagro, que llegue desde la incesante corriente de mi espina dorsal y se instale en mi cerebro, que no se piense ya, que se detenga el tiempo (que se detenga, así, la existencia: que se aniquile).

Bien, eso está bien. Pero entonces vuelve todo eso que se halla contenido en mi cuerpo y me dice «apenas ayer…». Bueno, ¿y qué puedo hacer? ¿Transformarme y ser lo que no soy? ¿Alcanzar la esperanza y la ilusión que conozco ridículas? ¿De dónde voy a sacar fuerzas para matarme y vivir un otro que detesto de mí? Pero entonces… ¿renuncia? Déjalo y sufre. No. no lo sé. Podría o no podría, ¿importa acaso? No quiero, pero, ¿y si ya no puedo querer? tststststs Bueno, ¿qué significa esto al final?, ¿que la gente puede vivir sin que yo la supervise? ¡Eso es ridículo!: Soy yo quien rige, y quien puede todo lo posible, los demás son como niños y los niños no saben del futuro.

¡Patrañas! ¡Absurdo! Que se queden con ello, que se lo coman y se regocijen. A mí, francamente, no me importa. Nada me importa. Un poco de tiempo es todo… o debería serlo. Y, ¿qué voy a ser una vez renunciado?

Bien, eso está muy bien.

Los muertos no se van, se quedan con nosotros. A veces debajo de la cama, a veces colgados en el closet, pero mejor es comerlos.