Arrebatos

18 de mayo de 2017

Recostado en el pasto, o en la arena… Tantas cosas hay, y tanto el tiempo ajeno. Si se pudiera capturar, si pudiera robármelo, y que fuera todo para mí; solito yo, solito siempre.

No son las palmeras, ni las olas que rompen indiferentes y juguetonas, ni el estómago lleno, digiriendo vidas que no le corresponden (soles de otros tiempos): Es la disolución que, escondida en el imperceptible instante, avanza impávida y serena, saboreando su ser la única eternidad. Es eso lo que hace al día sonriente; este día de hoy, con todas sus luces. Y nosotros, entes decadentes, persiguiendo ingenuos la luz; la de una mueca afirmadora o la de un postre… volcados todos a las pocas ventanas que se abren de la piel al infinito grosero de la impertenencia, a la irrecuperable cavidad de una madre.

¿Serán las pantallas la luz de estos días?, ¿será su fulgor la ilusión de la ternura, el espacio de la cabida, la carne de otra carne? La digestión agónica de lo metafísico, la inanición fatídica de nos, fantasmas resignados, pneumas estancados.

Albricias, sin embargo; pues los colores no nos han abandonado, y los amores nos ignoran por pura vanidad, y en ella han de ahogarse, ¡desdichados!, sabiéndose minúsculos y creyéndose dueños de lo inexistente.

3 de junio de 2013

A veces las calles mantienen con ellas, permeadas en su color y en su tierra, no sólo a los pasos, sino a las figuras enteras que soportaron alguna vez. Los movimientos y los vientos reviven de aquellas noches y tardes, y acosan desde sus presencias imponentes, estoicas, coloridas.

Los fantasmas quedan adheridos a los muros, a los concretos y a los asfaltos. Las palabras y las risas vuelven a oírse; los colores de las ropas, a verse… la frescura de la noche sentados en un columpio, la desaparición de la palabra “mañana”. La gente sin miedo de lo que escucha, ¿adónde se ha ido ahora? ¿Habremos cambiado de lugar o habremos cambiado de miedo?

Columpios
Columpios

Hay en esta ciudad muchos sitios embrujados.

3 de abril de 2012

Hilary Duff vino a visitarme en sueños y su visita me revertió el mundo en el de adoloescente. Sus palabras llegaban y se depositaban en mi realidad con la fuerza que éstas sólo llegan a tener en la plena consciencia y el crecimiento —irrenunciable, por lo demás, en esos años— conjugados. Sí, crecimiento, señores, cada día nuevas y más conexiones neuronales…

Yo la miraba de la manera en la que se mira a un héroe, y ella me rechazó sin darse cuenta de mi admiración, tan esforzada que estaba en ser sí y en decirme lo de sí… pero si no lo hubiera estado, si me hubiera dejado tomar el control, entonces todo habría terminado mal, porque yo me detesto a mí mismo; no es por despertar compasiones u odios, es como es. Y su mundo estaba lleno de cosas que al mismo tiempo me hacían sufrir como pocas veces y se revestían de la solemnidad más sagrada; magnánimo y virtuoso me sentía de saber lo de sí y sufrir y callar y querer que fuera cierto, con tal de que siguiera ella‐siendo.

Sus palabras quedaron en mí, y no sólo sus palabras: un poco de mi propia adolescencia también volvió: la tragedia como elogio, el único posible, de la vida.

Después, el sueño negro todo lo cubrió y al despertar vino la confesión: ésta es mi realidad, aquí es donde debo encarnar todas las palabras. Y así ha sido, por un tiempo que todavía perdura, no sé por cuanto más.

11 de enero de 2012

Hay un destino que comparten todas mis cosas, las que me pertenecen y que se encuentran en situación de in‐reconocimiento, es decir, que cuando se cruzan en mi camino provocan apenas un leve recuerdo además de una gran extrañeza. Cuando eso pasa las tomo, las observo, atesoro su color y su aroma, mis ojos las acarician por última vez, leo su texto —si existe— y pasan un tiempo en un rincón especial, en un limbo del deshecho. A veces es una caja, a veces una bolsa, a veces sólo un montoncito aparte en un sitio reconocible como ese limbo. Las guardo para no deshacerme de ellas, porque no soy capaz, luego del idilio que les comento, de dejarlas ir, de aceptar que ya no van a estar disponibles como ahora lo están, que ya no van a ser mías como ahora lo son… Se quedan ahí, esperando el destino inevitable; y es que no soy capaz de recordar una sola cosa que haya vuelto de este confinamiento; francamente no creo que la vaya a haber nunca. Luego de un tiempo, cunado el lugar que les fue asignado aparece él mismo como extrañeza de mi habitación, todo es desechado sin miramientos, sin preguntas, con la absoluta certeza de que todo lo que ahí se encuentra me ha dado todo lo que puede darme, que le he arrebatado todo lo que de ello quiero que constituya un recuerdo en mi vida. Y esa certeza me sirve para tirarlo todo, sin más.

Mientras, puedo observar a mi izquierda ese montículo de papeles y de cosas como un monumento cambiante pero perenne a mi cobardía, a mi apego a la seguridad (de tener, de haber olvidado). Alguna vez debería poder hacerse un limbo de deshecho de sentimientos, de lugares, de personas. Pero eso no es posible: por hoy, sólo queda dormir.

6 de diciembre de 2011

No hay ningún sentimiento que el arte provoque que no se pueda desatar, más verdadera e intensamente, en la vida concreta (en la vida del cuerpo pesado, de la carne hedionda, del contacto con el ser), esta vida que ahora se consume sentados en sillones y admirando el paso de efímeras imágenes por una pantalla. Hay, sin embargo quien afirma lo contrario y dice que el arte nos muestra lo que no podemos vivir, y que nos hace, gracias a eso, más y mejores humanos: Quienes lo dicen no tienen vida suficiente.

29 de noviembre de 2011

Aparentemente había caído dormida; su cabello se veía suave y bajaba simétrico formando una curva hacia el final. Boca abajo en el sillón, no se veía su cara, sólo su espalda cubierta casi toda por la blusa color azul con la que llegó, con la que saludó a todos con esa sonrisa.

Nadie le preguntó a ella qué es lo que quería, ni tampoco le preguntaron si quería que se lo preguntaran; todos la vieron y sonrieron. Cuando caminaba la seguían con la mirada, imaginaban cosas, deseaban y odiaban lo que veían —ve-í-an—. Con su blusa azul, su mirada coqueta y unos muslos tímidos al fin se sentó, casi en el mismo lugar que ocupa ahora, casi con la misma ropa que tiene ahora. Aparentemente, había llegado gustosa y sonreído a todos.

Luego la noche se calmó, vino el silencio y la obscuridad.

28 de noviembre de 2011

El encanto de sus majestuosos jardines, la belleza súper humana de sus esculturas y el absoluto buen gusto de sus ventanales. Incansables bardas perimetrales, olores exquisitos, infinitos correres de noche y de día. Maldiciones sumarias y risas enervandas. Mentes felices en rostros distanciados, anestesiados, sujetos por la mole silente de sus cuerpos; con ropa o sin ella, con vergüenza o sin ella, con voluntad o sin ella… todos en los múltiples sillones de piel negra sin saber lo que son ni por qué no están en otro lado.

No saludan y se van… termina otra noche (¿otro día?), una más de todas las que le quedan de vida.

20 de diciembre de 2010

Nos han quitado la esperanza, se la llevaron, la metieron en unos palos y nos machacaron la determinación con ellos, nos hicieron cobardes con amenazas de infantes, nos cercaron con el horror y nos vendaron los ojos para que desarrolláramos amor incondicional al micro‐mundo que llega de la casa a la escuela a la cantina al trabajo a la cárcel a la cena de navidad al siguiente torneo mundial de futbol —felicidad, por favor, felicidad para mí, felicidad sin sacrificio, felicidad sin que la miseria me hable, ni aún la mía, ni la de mis amores—.

Ya nada se puede hacer, hay que dejar que hagan y que sus actos nos lleguen lo menos, aunque a medio mundo se lo lleve la chingada; el medio mundo que está a dos tres pasos de mí, que está más allá de mi alcance (mundo para mí, mundo de un metro cuadrado). ¿Te acuerdas de cuando el futuro significaba lo mejor, aunque el presente fuera la muerte? ¿Y ahora? Ahora la felicidad está confinada a la ratonera que nos han dejado ¡Hay que vivir así! Hay que retrotraerse, retroquererse, retrovivir y finalmente emparedarnos para poder alejarnos de la maldad que —oh, maldita— nos acorrala a nos —oh, impotentes— ¿Qué se le va a hacer? Más máscara, más huida, más yo para regodearme; menos dolor que no puedo evitar, dios mío, menos justicia que se me reclame.

Llévensela, llévense a la esperanza, que con ella sólo se puede la hipoteca y el desdén; llévensela, que sin ella no hay culpa, sólo resignación y ahi con esa sí me llevo.

8 de marzo de 2010

En algún momento todo termina; es ésa una verdad no axiomática que, sin embargo, funciona como tal en la humana vida y en el transcurso de sueñitos y de las sombras cavilantes que acompañan, al parecer, el viaje que se hace hasta un lugar remoto de aquí, pero inmediato a la entidad misma.

En algún momento la alegría se acaba y se apaga la risa. El más elemental instinto nos dice que hay que vivir con ello, que no hay caso alguno en revolcarse en el piso y abrirse la cabeza golpeándola contra él; empero, la más elemental racionalidad indica que la carencia de sentido que supone esto último debe ser supuesta, al final, también de lo primero. Y qué tal: aquí seguimos. Bueno, al final nadie —ni Hegel, que no lo entendió— le creyó a Kant sus digresiones éticas (en el fondo, tan arbitrarias como las metafísicas, pero con menos razón por la evidente descompensación cuantitativa de la experiencia propia (de Kant) en una y otra áreas).

Sí, sí. No puede haber una manera en la que se conciba una vida sin el calorcito, tan lindo él, cuando todo se pudre en la frialdad, esa braza incandescente que se aloja en el lugar del corazón: quema, desgraciadamente quema. Y la putez que nos rodea y que parece estar siempre feliz. No es el caso que sea suficiente con la propia fuerza, ni tampoco parece posible que con más fuerza fueran posibles más cosas —pues también se elevarían las posibles‐implausibles que nos llamen—. Tanto más fácil serían las cosas si hubiera un dios y un instructivo como algunos pretenden que es efectivamente; tanto más fácil, también, ser piedra: consistente, precisa, indespetrable.

Con mucho cariño se pretende que halla vida, sin haber jamás preguntado “¿Y para qué la vida?”. Y no es que sea ésa jamás una pregunta pertinente; pero uno siente, en el fondo, que alguien tiene que hacerla, y no sólo eso: alguien tiene que gritarla, para que los demás se enteren de que alguno se ocupa y dejen ellos de ocuparse… Sí, siempre es así, pero siempre ha de vencer la pereza. Bien, qué más da; a quién le importa. En algún momento todo acaba por acabarse: no hay caso.

10 de febrero de 2010

El momento de la nostalgia perfecta, el más recto de los sentimientos de altruismo (la renuncia) guiado por el más completo de los razonamientos, de tal manera que uno puede levantar la cara, quemarse los ojos con el sol y decir «es lo mejor».

Y es posible que lo sea (¿es posible que algo sea mejor que otro algo?: sólo para un alguien, y esto quiere decir que a veces sí y a veces no: no hay inmanencia de la mejoría o del empeoramiento). Oh, sí; y a partir de aquí todos seremos felices o podríamos serlo; a diferencia de ahora en que es imposible. Bien, eso está bien. Y luego, la nostalgia perfecta. El recuerdo de los días y los momentos, el repaso de las caricias y la palabras, de los bochornos y de los desencuentros, del fastidio (nuestro fastidio) que a cada rato rompe; siempre rompiendo…

La búsqueda obstinada —y sin esfuerzo— de la perfección, del momento y de la vida felicidad‐toda. Uno no puede esforzarse en la busca por ser feliz porque el esfuerzo se sufre y si se sufre se huye ya del objetivo; ergo, la naturaleza de la felicidad implica que ésta venga por milagro, que llegue desde la incesante corriente de mi espina dorsal y se instale en mi cerebro, que no se piense ya, que se detenga el tiempo (que se detenga, así, la existencia: que se aniquile).

Bien, eso está bien. Pero entonces vuelve todo eso que se halla contenido en mi cuerpo y me dice «apenas ayer…». Bueno, ¿y qué puedo hacer? ¿Transformarme y ser lo que no soy? ¿Alcanzar la esperanza y la ilusión que conozco ridículas? ¿De dónde voy a sacar fuerzas para matarme y vivir un otro que detesto de mí? Pero entonces… ¿renuncia? Déjalo y sufre. No. no lo sé. Podría o no podría, ¿importa acaso? No quiero, pero, ¿y si ya no puedo querer? tststststs Bueno, ¿qué significa esto al final?, ¿que la gente puede vivir sin que yo la supervise? ¡Eso es ridículo!: Soy yo quien rige, y quien puede todo lo posible, los demás son como niños y los niños no saben del futuro.

¡Patrañas! ¡Absurdo! Que se queden con ello, que se lo coman y se regocijen. A mí, francamente, no me importa. Nada me importa. Un poco de tiempo es todo… o debería serlo. Y, ¿qué voy a ser una vez renunciado?

Bien, eso está muy bien.

No hay en el mundo riqueza suficiente para alabar la grandeza de los que no ven la inmensa miseria y dolor que posiblita su concupiscencia.