¿Qué es el filosofar?

La filosofía como superación del engaño de la vida

Trata —brevemente— de una definición de en lo que consiste la acción filosófica, de la naturaleza del estado filosofante y de la personalidad (la cualidad personal) de a quien ese estado de compromiso con la verdad (que se deriva del compromiso con la vida) acompaña permanentemente. La búsqueda de la verdad filosófica —se asienta también— comienza por el descubrimiento del engaño de la vitalidad (de la vida como absoluto lugar y absoluto destino) y del establecimiento de que no es el hecho de estar equivalente a la querencia del estar.

octubre de 2008
Primer Coloquio Filosófico de Estudiantes “El quehacer filosófico como modo de vida”
FFyL, UNAM, México
lunes 24 de noviembre de 2008

§ 1

Si se atiende a su etimología, el «amor al saber», la filosofía, no puede entenderse menos que como un enfrentamiento de dos ámbitos que durante siglos se han considerado contrapuestos: el sentimiento y la razón. Dicha contraposición explicita, sin embargo, y también aclara, la dirección hacia la que apunta la cuestión del filosofar, si bien el problema no podría dilucidarse definitivamente.

Todo amor1 —nos lo ha dicho Platón— nace de una carencia, de una necesidad; se ama lo que no se tiene, pero se lo ama porque se lo necesita. Es menester, llegados a este punto, hacer la pregunta directriz de la cuestión: “¿Por qué se necesita saber” Antes de continuar, sin embargo, debe marcarse suficientemente la diferencia entre éste planteamiento y aquél que diría “¿Para qué se necesita saber?”, pues en este último caso, el saber sería necesario para conseguir otra cosa, que constituiría lo que realmente se busca. Esto no puede ser, ni puede llamarse filosofía; el planteamiento que se busca debe manifestar suficientemente que la necesidad que se tiene cuando se busca este saber no responde a ningún fin ajeno de sí mismo, sino que se agota en su consecución, teniendo como único referente a la existencia necesitada de él, al ente que reclama la sabiduría como condición sin la cual no cabe la calma.

¿Por qué —entonces— necesitamos saber? o, de manera más específica, ¿por qué los filósofos necesitamos saber? Se podría, para abordar el problema de una forma más directa, reformular la pregunta, que quedaría así: «¿Cuál es la carencia que sólo el saber podría satisfacer?» Se trata de la carencia de verdad, y esta carencia significa que se sabe que se está en la posesión, sí, de un conocimiento, pero también se sabe que ese conocimiento es falso o, por lo menos, incompleto y, por lo mismo, insuficiente. Es decir, que la filosofía nace como tal, y es tal, como respuesta al engaño. Pero, ¿qué clase de engaño?, ¿uno cualquiera, uno entre tantos? No podría decirse que se trata de un engaño sobre la realidad fáctica, pues cualquier afirmación en ese ámbito se verifica o no, pero no va más allá. No puede decirse, tampoco, que se trata de un engaño que no trasciende su propio acaecimiento, pues la necesidad filosófica aparece siempre y en todas la culturas que hayan podido escapar, aunque sea por un rato, de la lucha incesante por conservar la vida, desde que el hombre es hombre, de tal manera que se manifiesta como una necesidad plenamente humana, como una necesidad que compete ente humano en cuanto tal. También el engaño al que me refiero acompaña al humano en cuanto tal; se trata del engaño que es la vida; o, para decirlo con una concisión de la que yo no sería capaz, citaré este poema de un autor anónimo de Chalco:

  • No es verdad que vivimos
  • No es verdad que duramos en la tierra
  • ¡Yo tengo que dejar las bellas flores,
  • tengo que ir en busca del sitio del misterio!
  • Pero por breve tiempo,
  • hagamos nuestros los hermosos campos.

El filósofo es el que se niega a aceptar esto último, se niega a formar parte de esto que no es verdad; el filósofo es el que se enfrenta ante la realidad de su muerte y la hace parte de su existencia y que, por lo tanto, se hace responsable por ella y se encuentra con él miso como la única instancia en la que se puede responder por él mismo.

Por esta misma responsabilidad, en la que él mismo es la referencia y el referente, es que la mentira y la falsedad se convierten en un mal y la verdad en un bien, porque ésta es la única que puede llevarlo a escapar del absurdo que representa la existencia. Esto es, que el enfrentamiento con la realidad de la muerte (de mi muerte y de la de cada uno de los entes) hace que cada uno de los actos que constituyen mi hacer y el hacer de todos carezca en absoluto de sentido, y esta falta de sentido de mis actos conlleva una falta de sentido de mi ser en cuanto tal, pues yo no soy otra cosa que lo que hago; esto es, convierten mi vida en una falsedad, en un engaño.

La intuición —si no el conocimiento— de este engaño de la vida, es la que constituye el nacimiento del filosofar, que no es otra cosa que buscar una respuesta a esta sensación de abandono existencial. Pero no cualquier respuesta o tentativa de respuesta puede considerarse filosófica, pues, en efecto, la religión también es una manera de hacerlo. Así que, para continuar, hace falta especificar una característica indispensable y de primera importancia para entender el quehacer filosófico: el filosofar debe ser honesto, es decir, que no puede entenderse como una búsqueda en pos de cubrir este engaño de la vida con otro que sea más consolador, como el engaño de la vida eterna, el cual, por medio de la eliminación de lo que en principio aparece como la causa del absurdo que es la vida —es decir, de la muerte—, pretende encontrar una salvación en lo que no sería más que un absurdo eterno. Esta honestidad presupone, pues, para que verdaderamente se pueda decir que se hace filosofía, que debe desearse este saber más de lo que se le teme, pues este conocimiento puede ser brutalmente desolador y dejar al filósofo en el desamparo; el filosofar, por lo tanto, debe carecer por completo de temor, no debe cejar ante la posibilidad de encontrar ni incluso ante el enfrentamiento de que lo que se descubra sea que la búsqueda misma es inútil, y que este engaño es la verdad, y que la verdad que se buscaba no existe…

§ 2

No hay otra manera en la que pueda entenderse el filosofar y la filosofía, porque cualquier otra tendría que, necesariamente, buscar el conocimiento a partir de o en vista de otra cosa, por lo que sería mucho menos que impertinente llamarlo filosofía y no con otra denominación de cualquier otra filia de la que la filosofía fuera sólo una derivación bastante menos que inauténtica. Pero esto nos lleva a buscar la otra parte del filosofar, la parte que se refiere propiamente al saber, y para esto hay que entender lo que es el engaño y lo que es la verdad.

El engaño no es una cosa, sino que es una relación; y esta relación no puede ser de dos cosas que sean en el mismo ámbito, pues para que el engaño se manifieste, éste deberá ser evidenciado por la contradicción, como la existencia es contradicha por la muerte. Pero esta contradicción no es de hecho, porque lo que ya está existiendo de hecho no puede ser contradictorio, porque alguno de los términos tendría que desaparecer, como pasa que donde hay vida no hay muerte ni viceversa. Toda contradicción, todo engaño surge a partir del lenguaje y de la razón y de su confrontación con la realidad presencial; o, lo que es lo mismo, de lo permanente y abstracto con lo inmediato devinienete. Por esto no ocurre que las percepciones se tomen como verdaderas, sino como ciertas, pues la verdad es algo que no puede conocerse sólo sensiblemente, porque la verdad sólo puede ser tal como respuesta al engaño. Aquí es donde se puede ver cómo sólo a partir del lenguaje es posible el engaño y la mentira2; porque con el lenguaje se quiere atrapar, por una repetición de un concepto-palabra siempre igual, siempre lo mismo; pero la realidad se muestra siempre distinta. Sólo a partir de la distinción de estos ámbitos puede darse este engaño; pero, sin embargo, éste sólo puede solucionarse dentro de uno de los dos; dentro del lenguaje y la razón mismos, ya que sólo ellos son los que pueden contradecir, porque son los únicos que, propiamente, dicen.

Es pues, de esta manera, como aparece el segundo de los ámbitos que al principio se manifestaron como enfrentados: la φιλία y la σοφία. Esta última, entonces, solamente puede encontrarse o, cuando menos, buscarse, en al ámbito de lo racional y lo lingüístico y, aunque no cabe hacer aquí una distinción exhaustiva de ambos, tampoco me parece que se precise para entender lo que se dice; pues bastará con decir que hay una manera de filosofar o una forma filosófica hablar y de razonar, esta forma, sin embargo, no puede definirse como única; y si bien en occidente se nos ha manifestado como un discurso que da razones, el hecho de no darlas, es decir, de no manifestarlas ante otro, no implica que no las haya. Esto quiere decir, que si bien la racionalidad y la lingüisticidad son constitutivas de la filosofía, una cierta o determinada forma de ellas no lo es.

Un saber filosófico, por lo tanto, no se caracteriza por la manera en la que se dice, y es un error pensar lo contrario, pues no sólo se estaría tomando una parte por el todo, sino la parte menos característica por la más; pues, en efecto, casi cada actividad humana tiene su forma discursiva particular y, al no haber una forma discursiva propiamente filosófica, sino que las maneras aceptadas y las razones aceptables son más bien históricas y dependientes de un marco socio-cultural más amplio, no hay manera en la que se determine lo filosófico sólo por un estilo discursivo; muy por el contrario, la forma en la que se dice está determinada por lo histórico y, sin embargo, este impulso, esta φιλία, esta necesidad de superar el engaño de la vida, es la que siempre determina el contenido.

§ 3

Esta búsqueda, de la que se habló en primer lugar, no puede entenderse como una necesidad de saber semejante a la que se manifiesta, por ejemplo, en el campo científico contemporáneo; pues se ha dicho que no se trata de una necesidad que aparece en un ámbito distinto al de la existencia misma. Esto quiere decir que de una búsqueda filosófica auténtica sólo pueden seguirse consecuencias éticas y que, por lo tanto, cualquier pensamiento que no implique un compromiso vital no puede considerarse como un filosofar, sino que siempre manifiesta —aunque no sea explícito— que el afán de ese conocimiento persigue un fin distinto a la satisfacción —o el intento de satisfacción— de la existencia carente y, como se hizo ver al principio, esto es tomar al saber como medio para conseguir lo que realmente se quiere, lo que realmente corresponde a la necesidad vital, de quien lo busca. Puede haber, desde luego, aquellos para los que sea vitalmente necesario el sentirse ufanos ante los otros, el encontrar motivos de arrogancia o presunción, el satisfacer los impulsos más básicos o cualquier otra que nos imaginemos, pero sólo el que necesita la verdad —esto es, el que necesita huir del engaño— para vivir, sólo ese puede decirse filósofo.

El filosofar, si es auténtico, no puede consistir en lecturas de libros, ni es posible que se aprenda mediante palabras, pues las palabras no contienen convicciones ni transmiten experiencias como tales, sino simples conceptos que no provocan, sino que suponen, lo que es indispensable en la filosofía: el compromiso consigo mismo y con su existencia.

Este filosofar, que es una búsqueda, por necesidad, de la superación del engaño de la vida con honestidad y valentía, sólo puede nacer de cada uno y sólo puede aparecer en aquella persona que sienta con suficiente fuerza el llamado de su vida; o, lo que es lo mismo, en una persona que valore tanto su vida, como para sentir un real temor a dejar de existir, esto, en contraste con el temor ilusorio a la muerte de quienes sólo le temen por el impulso ciego de los instintos que están en nosotros sin motivo que comprendamos, obedeciendo un círculo absurdo de conservación, que es el engaño mismo. Es decir, que el temor a la muerte que siente el filósofo, que busca superar el engaño, es radicalmente distinto del que siente aquél que precisamente está inmerso de la manera más ciega en el engaño.

Por lo tanto, cuando el filósofo se ha enfrentado al engaño de la vida, y la ha conservado, sin negarla, entonces puede decirse que se ha llegado a la superación del engaño de la vida, y que la filosofía se ha consumado. Esto, que yo sepa, nunca ha pasado, sino que siempre se agota la búsqueda en la búsqueda, y ninguno de cuantos auténticos filósofos han existido ha podido conformarse con lo que encuentra, pero tampoco ha claudicado en la búsqueda de lo que ha sido, desde siempre, esquivo y, tal vez, inexistente.


  1. No es por negligencia que se ha dejado de lado la diferencia entre eros y philia, pues no se está usando, en sentido estricto, ninguna de las dos, sino cada una en una laxitud en las que son intercambiables, cosa que se puede ver en el propio texto.

  2. Por razones prácticas, se distingue el engaño de la mentira tomando al primero como una contradicción entre dos ámbitos desde la perspectiva de un sujeto, mientras que la mentira sería un engaño inducido por otro.

Una mañana de esas que duran doce horas, un estómago suceptible a la melancolía y una vista despejada, rodeada toda por cerros. Buen día.