Explicaciones ontológicas e implicaciones éticas de la soledad

La posesión

§ 2.7

Poseer algo no es tenerlo como Mío sino como de mí. Dicho de otra forma: no es alcanzarlo en lo que Soy [en lo Mío], sino sólo para lo que Soy; no en su entidad, sino en su objetividad [en tanto que objeta a lo que Soy, pero nunca transpasándolo].

Los entes otros de Mí me son ajenos. De ellos sólo puedo tener noticia de su manifestación ante mis sentidos, pero no más; a continuación de eso, sólo queda consumirlos, pero el consumo es muy distinto de la posesión. No es posible incluir un ente ajeno en lo que Soy sin destruirlo o sin destruirme. Lo que estrictamente es Mío se reduce a mi entidad, al cuerpo que Soy, a la existencia que soy, a lo que he instituido y a lo instinto en Mí. La institución de algo ajeno en lo que Soy no es posible: lo que se instituye son movimientos, concepciones, recuerdos (se incorporan sapiencias y se aprenden entendimientos), pero lo que me queda de lo que he vivido no es más que lo que Soy como resultado de haber sido: se instituye, pues, el ejercicio que Yo hago, mas no lo que extensivamente lo permitió.

Lo Mío es lo que me pertenece, lo que es conmigo y lo que Soy con él, lo que es pertinente a mi entidad. No puede decirse Mío algo que no me inhiere, que no se queda con lo que Soy, que no permanece mientras yo permanezco. Mis pertenencias son las que me hacen, las que determinan lo que soy y las que constituyen lo que Soy, la condición actual, el momento, el presente en el que Soy y el ahora en el que existo: lo mío es Mi sensitividad que me funda, Mi especulación que me apela, Mi contacto que conozco, Mis sentimientos que me manifiesto, Mi esperanza, Mi temor, Mis manos, Mis ojos, Mi pecho enaltecido o Mi cara poblada de vergüenza. E incluso esto, que es lo que soy como existencia, se desvanece en el momento en el que se me da y en el que ya existo de otro modo, y ya no hay lo que había, ni encuentro lo que encontraba.

La posesión es una soberanía; poseer algo es ser Yo como soberano de ese ente que poseo. Pero es imposible ejercer el mando absoluto [absuelto] sobre lo que escapa al Yo que soy, al afecto inmediato de mi motivación (esto sólo es así en la intensividad absoluta de mi cuerpo). Poseer algo significa que el solo acaecer de mi deseo y —más anterior todavía— que el solo impulso motivacional basta para modificarlo, para incidir no sólo sobre su desdoblamiento en la realidad, sino sobre su entidad misma, sin mediar palabra o acción alguna, e incluso sin ser Yo consciente de ello.

El tener algo en las manos [el manipularlo], el contenerlo físicamente para disponer de lo que le pase, para cumplir con él lo que me dicte mi voluntad no significa que mi deseo se enseñoree de eso que tengo yaciente entre mis manos, significa tan sólo que está a mi merced, que no puede escapar de mi dominio, que su manifestación padecerá lo que Yo le haga padecer, y que puede incluso por un acto mío ser destruida. Pero esto no significa un dominio positivo, en el que Mi motivación sea el principio de actividad de lo otro que manipulo: esta manipulación siempre se da pasivamente: el ente ajeno padece la actividad del Mío, pero siempre por la mediación del movimiento, por el ejercicio, por una actuación Mía sobre lo que escapa de Mí —y que precisamente por eso exige el acto—. No es —como debería ser para que se dijera soberano— que la actividad Mía y que lo que el otro sufre se identifiquen; que entre el hacer del uno el padecer del otro no hubiera mediación.

No se puede remontar la distancia de un ente a otro. La soberanía de la actuación siempre estará del lado del que es sí mismo y que, por tanto, en su actualidad manifiesta lo que —para él— le impele el postulado ontológico. Hacer que, mediatamente, otro ente cumpla con el dictado de mi motivación [con la realización de lo que mi entidad demanda] es lo que la consciencia [el conocimiento] posibilita. De poder enseñorearse mi entidad de otra alguna, no habría necesidad de la manipulación, pero la hay.

Para poseer algo realmente [el la realidad entitativa] habría que incluirlo en lo que Yo soy; para considerarlo Mío tendría que encontrarlo conmigo, que traerlo hasta lo Mío para dármelo, para hacerlo conmigo lo que es. Y eso es imposible: necesariamente se haría lo que Soy. No podría traerlo hasta mi entidad y que siguiera siendo; incluirlo en lo Mío es incorporarlo a lo que Soy, pero eso es consumirlo, destruir su entidad para hacerla la Mía, para hacerla lo mismo que Yo. Una posesión no es una destrucción: poseer algo no es hacerlo Mío.

§ 2.8

Así pues, dadas las condiciones entitativas de encuentro con lo ajeno, la posesión no es otra cosa que tener la seguridad, sobre algo, de que estará dispuesto a mi servicio cuando Yo lo desee. Es decir que lo que se atiende con la posesión es la garantía del deseo satisfecho. Se trata de que el ente mío, ante lo que en el mundo se le niega ontológicamente, pueda, sin embargo, disponer de su manifestación, de su fuerza y de su acto como convenga mejor a los intereses del poseyente. Se trata, así, una extensión de la entidad propia en sus capacidades, a las que se les suman las capacidades de lo poseído, aunque tan sólo en cuanto que se dispone de ellas —pues, a buen seguro, no todo lo que ellos son puede estar dispuesto, en tanto que la entidad misma está fuera de la soberanía—.

Esta extensión de las capacidades que tengo es una manera en la que se cumple una exigencia entitativa; pero no se trata de que mi entidad, propiamente, aumente, sino de aumentar mis posibilidades de éxito en la consecución futura de lo que consumo. Al fin, la satisfacción que conviene al encuentro con lo ente ajeno a lo que Soy es la de consumirlo, la de incorporarlo a lo que Soy para que Yo pueda permanecer siendo —por lo menos, eso es en el sentido más primario—, y a eso se aplican, en principio, todas las capacidades y los sentidos de los que dispongo: a encontrar la forma mejor de alimentarme y de reproducirme con el menor riesgo. Que se posea una herramienta de trabajo, un vestido, una despensa, un esclavo, etcétera, posibilita que ocurra la consumación de un deseo, de una exigencia de mi entidad para cumplir con el postulado entitativo.

Pero poseer algo no es sólo emplearlo, no se poseen las cosas en el momento en el que se usan, sino que en ese momento se dispone de ellas. La posesión, si ha de ser tal, debe trascender el momento mismo del empleo para colocarse como la seguridad del por-venir de su empleo; es decir, que se garantice el poder realizar con ello lo que quiera. El ámbito, entonces, en el que juega la posesión es el de la potencia [el de la posibilidad]: que Yo pueda disponer de lo que me pertenece es, al fin, en lo que consiste la posesión.

La potencia, sin embargo, nunca es presente; lo que se presenta es ya actual. El nacimiento de la potencia se da, de manera muy tenue, en la concepción sensitiva, pero es en la concepción imaginativa en la que se da un encuentro algo más grave con lo que no es presencia, sino que se representa en una emulación del mundo. El poder siempre lo es hacia el futuro. Poseer algo es tener potencia sobre el, es determinarlo en su situación para un acto que Me realiza a mí, disponiendo de sus capacidades a favor de mis necesidades; pero eso no se refiera a algo que ocurre ahora, sino a lo que está por-venir. Realizar un trabajo no es ejercer una posesión. El acto de la posesión [la apariencia de la posesión en el ahora de mi existencia] se da hacia el futuro: es la proyección de que algo que no soy Yo estará para Mí, para lo que Yo disponga que esté.

Así, lo que con la posesión se gana no es el ser más [el extender mi entidad] de hecho, sino la posibilidad de asegurarse {ser aún} en lo porvenir, siempre incierto, siempre sorpresivo. Es encontrarse a sí mismo —especulativamente— en el futuro y saberse en condición de conseguir lo que le faltará, es poder desarrollar la posibilidad de algo más que lo que ya está garantizado. Es un sentimiento de satisfacción anticipado, imaginario, y esto abre la posibilidad del gozo ahora, en el entendido de que lo porvenir está garantizado.

La seguridad, entonces, no es una condición menor, sino que permite, para el ente en el que ocurra la especulación, un bienestar; es decir, que disipa el sufrimiento que viene de las proyecciones que niegan mi posibilidad, y me re-presenta a la satisfacción de Mi motivación; esto es: me encuentra con la satisfacción que será.

Empero, ya que toda posesión es tan sólo posible, y no hay una posesión actual más allá de la dimensión especulativa (es decir, que no es tal en lo entitativo, sino tan sólo en lo especulativo, en la proyección de lo que Soy hacia un tiempo que no es todavía), lo ente no resiente la posesión en su entidad, sino tan sólo en su existencia1. Por lo tanto, la seguridad que constituye la posesión puede verificarse o falsearse; está sujeta al principio de aprendizaje-incorporación que constituye mis instancias de actuación: cada vez que se ejerza lo que la posesión promete, se reforzará, mientras que de no hacerlo, se falseará. La seguridad de la posesión es, así, la seguridad de la verdad de la disposición de lo que “me pertenece”; lo que significa, a su vez, que la posesión funciona como un concepto, no como un hecho; que lo que en el mundo se conoce que poseo no es tal desde , sino en : en lo que existo. La posesión no trasciende la existencia (la propia, en primer lugar, y la de otro, si es que comparte tal concepción) para darse en la realidad. Lo que realmente permanece conmigo es tan sólo la seguridad de que me pertenece sin que fácticamente sea así, ni pueda en absoluto serlo.

El único momento en el que se actualiza tal concepción es en la verificación del concepto; es decir, en el hecho mismo en el que dispongo de lo que poseo para beneficio propio. La disposición de lo ajeno de Mí para mi servicio es el único hecho en el que se da realmente en encuentro con la satisfacción que la seguridad de la satisfacción me prometía y que me permitió el gozo pasado. La ejecución actual de lo que se supone en la posesión es lo único con lo que realmente se da en el acto [se realiza] lo que se esperaba en la convicción de que lo poseído es, efectivamente, de mí.

Es la seguridad de la verdad de la posesión lo que —la mayoría del tiempo— tiene presencia ante lo que Soy; se trata de especular mi situación porvenir y descubrirla como satisfecha en lo que hace a la cosa que, nominalmente, poseo. De la misma manera, una cosa que no poseo [que no tengo la seguridad de que vaya a permanecer dispuesta a mi satisfacción] implica que se re-presente ahora su ausencia, su negación para la consumación de lo que me demanda mi motivación; que se aparte su encuentro con lo que Soy, pero no como mera contemplación, sino como el encuentro a mi servicio de su capacidad, de la potencia que le pertenece a la cosa poseída para aumentar mi potencia. Esta negación me merma en la proyección de la realización de mi entidad y del postulado entitativo que la motivación me manifiesta como agrado o molestia. Es el sufrimiento que viene de la consideración de lo que seré, de lo que me puede pasar. El encuentro especulativo con la efectividad de mi menesterosidad sensitiva, con el dolor y la molestia que me esperan, con el tiempo que se acerca y en el que lo que ahora me colma se irá y lo que pudo colmarme ahora me queda vedado para entonces. La carencia induce al sufrimiento porque soy consciente [conociente] de que Yo voy a ser y de que lo que ahora tengo no estará conmigo, que rehuirá al Mi movimiento que lo busque, al mi clamor entitativo de la satisfacción de mi ánimo.

La carencia es sufrimiento si lo que se me niega me hace falta para mi realización, para el cumplimento en la entidad de lo que a mi motivación me llama: en el estado concreto de mi existencia, ser de tal manera.

§ 2.9

El ámbito de la posesión es el de la potencia, no el de lo que es [la realidad], sino el de lo que puede ser [la especulación], con mayor o menor seguridad de que así será. La posesión se inscribe como el cumplimiento especulativo de una de las directrices del postulado entitativo: la de extender mi entidad como un amento, pero no en su actualidad, sino en su potencia. Es sumar a Mi potencia la potencia de lo que poseo. No es, pues, aumentar mi capacidad, sino disponer además de la capacidad de lo ajeno a Mí que poseo.

Así, la posesión de lo otro de Mí me permite poder más de lo que puedo por Mí. De esta manera, la posesión conviene al bienestar, porque es el cumplimiento en la concreción de la existencia del postulado entitativo trascendente2. Mayor posesión es mayor poder y, por ende, mayor gozo, mayor satisfacción de lo que me mueve al acto y, así, al alcance del bienestar como realización de mi entidad. La posesión se muestra, por ahora, como el método más eficaz de encontrarse con lo que en el mundo allende puede satisfacer mi carencia. Ser más potente [más poderoso] significa que puedo más, que la manifestación de mi motivación tiene más herramientas para realizarse, que lo que se me aparezca como motivo puede ser alcanzado por Mí con menor trabajo, que mi capacidad de incidencia en lo real, para modificar el lugar en el que Soy, el lugar de mi estancia, aumenta también.

Entones, la búsqueda de mayor posesión es la búsqueda de la mayor potencia. La posesión se vuelve en sí misma un motivo, algo que se pretende alcanzar, se determina el concepto de posesión como agradable y la ambición de dominio se convierte en un postulado existencial, para quien así entiende la satisfacción de lo que es.

Se trata del primero de los dos polos del cumplimento del postulado entitativo: el de buscar un más fácil y rápido acceso al cumplimiento de lo que me demanda lo que Soy para encontrarme satisfecho entitativamente: Buscar el dominio y la posesión de los recursos que me hagan asegurarme la realización futura de Mi satisfacción. Es así que el comportamiento de muchos es guiado por esta ambición [la tendencia al aumento de lo que poseo] que, cuando es desmedida [cuando no considera a lo que no contribuye a su concesión] implica la mayor maldad moral, el más grave egoísmo, el narcisismo y la violencia.

El aumento de la potencia propia por la adición de la potencia de lo otro es, así, una actitud que tiende a la concreción del dominio, el cual tiene dos vertientes: el conocimiento y la fuerza. Cuando es por conocimiento, se llama habituación, se trata de que, al familiarizarme con las rationes de lo que me enfrenta, pueda yo disponer de sus disposiciones y emplearlas en la consecución o en el aseguramiento de mi satisfacción por venir. Es decir, comprender a lo que me rodea para poder utilizar sus capacidades y disposiciones en beneficio mío. Es ésta una tendencia instintiva del aumento de mi potencia por el aumento de lo que sé-entiendo, que se manifiesta por la curiosidad. A partir de aquí puede nacer el interés genuino en los entes otros de mí, que siempre comenzará por la búsqueda de lo que son en su objeción a Mí (y, en los más de los casos, ahí permanecerá), pero si se genera una inclinación a trascender su objetividad para buscar su entidad —tarea fallida por necesidad, pero que permite un reconocimiento de lo que Soy en lo que no y, así, una tendencia a la procuración de la entidad de lo otro—, entonces es filosofía. Pero, si se queda en el ámbito vulgar de la objetividad y del interés en lo que se sigue para mí de lo que conozco, entonces degenera en una afición por el aumento huero de lo que se conoce, por los datos, por la multiplicidad, por la erudición llana —por la polimatía despreciada por Heráclito3—, y degenera en un cientificismo ramplón, como el que predomina en nuestros días, y quizás ya siempre.

La otra vertiente del domino es precisamente la posesión, que se ejerce por la fuerza bruta. Se trata del constreñimiento de la posibilidad {de actuación} de lo poseído para que su entidad se determine como a Mí me conviene; esto es, de la manera en la que me facilite el encuentro con lo que me llene, con lo que me llama de lo objetivo-perceptivo a consumirlo o a encontrarlo. El dominio y la búsqueda por poseer son el modo más bruto de realizar la extensión de mi entidad en la realidad. Poseer las cosas, controlar lo que les sucede es cumplir con un impulso que se satisface en la seguridad del gozo por venir, y que no repara en la situación de lo que no se relacione con eso que pueda resultar de tal búsqueda. Es decir, que no se considera la situación de lo que no significa la ampliación del dominio de la consecución de Mi motivación, del encuentro con lo que despierta el deseo o con lo que lo satisface. La búsqueda del gozo —que es la manifestación existencial del postulado entitativo— se hace sin la consideración del estado de lo que no Soy, y esto quiere decir que no hay un re-conocimiento de los entes que me enfrentan ni del sufrimiento suyo en el sufrimiento Mío.

El impulso de dominio es, así, la tendencia al cumplimiento del postulado entitativo más acorde con el impulso de arrojo a lo otro de mí a que me impele la manifestación motivacional anímica, sensitiva, existencial. Es el encuentro del gozo en la ignorancia de la entidad de lo otro, con la sola consideración de mi potencia y de su aumento. La ambición de la posesión es la actitud que mejor alcanza —aunque nunca colma—, para los más, la satisfacción de su necesidad entitativa. Sin embargo, por su propia tendencia de apoderamiento de lo que lo otro hace —nunca se podrá apoderar de lo que lo otro es—, la tendencia al dominio generalizada es imposible de cumplir, no sólo porque lo que en el mundo allende hay sea insuficiente para la satisfacción de todas las ambiciones de todos, sino porque (ya que se trata de sumar la posibilidad de lo poseído a la mía) el ente que más posibilidades tiene para mi servicio es el ente humano, que también tiene un impulso hacia el cumplimiento del postulado entitativo propio. Es decir que, si se generaliza esta tendencia, resultará en el dominio que ejercen unos humanos sobre las posibilidades y las disposiciones de otros, pero el hecho de que cada humano tenga una motivación —que determina la tendencia a la realización propia— y de que haya quien pretenda dominarla, significa que bien puede darse que el dominio impela a la pretensión de la violación de la entidad del otro, a la obligación de la obediencia, es decir, de que el movimiento de mi cuerpo [mi realización] sirva a la satisfacción de algún otro que ha tomado de mí mis fuerzas y mis disposiciones para su mejor satisfacción y regocijo.

Pero, en la realidad, ya que la posesión no aumenta lo que Soy de hecho [entitativamente] sino tan sólo especulativamente, no se gana de sí mismo nada, sino la comodidad del estar y la facilidad de la satisfacción de lo que me motiva si tal fuere el motivo de mi motivación. Asegurar la consecución futura de lo que en este momento me motiva no es asegurar que la motivación permanecerá conmigo y, por lo tanto, que el gozo que ahora tengo se repita. Es decir, que para que se satisfaga a la motivación de mi entidad es necesario alcanzar lo que me motiva, pero, lo mismo si hay un deseo sin su satisfactor que si hay una cosa dominada que no se desea no puede resolverse la necesidad de lo que Soy. La satisfacción de la motivación requiere el concurso de ambas cosas y, en el caso de que lo que no se tenga sea la motivación hacia lo que se posee, sólo queda el aburrimiento, el hastío, la desidia. Pero también se da a partir de esto la creación, el encuentro con la motivación hacia el mundo más allá del llamado bruto del aplacamiento de las necesidades que me manifiesta la motivación sensitiva; se trata de sobrepasarla en la dimensión especulativa, de encontrar en la concepción imaginativa la manifestación y la consideración de mi entidad en el mundo más allá de lo sensitivo actual; especular al mundo y a mi propia entidad para trascender el encuentro con la actualidad sensitiva. Esto es: encontrarme más carencias entitativas de lo que Soy. A partir de la imaginación de la posibilidad de un mundo mejor se tiende también hacia ello con un deseo de su realización; es la creación de una necesidad que no viene demandada por la molestia o el sufrimiento sensitivo ante su carencia.

El aburrimiento se da por la desconexión de lo que Soy con lo que me pasa, no hay en lo que me enfrenta un sentido que increpe a lo de mí con fuerza suficiente para motivarme [para moverme]; lo que le ocurre a la existencia que soy pierde el significado entitativo, pierde la referencia a lo que me mueve y no encuentra en su situación motivo, nada lo impele a realizarse y, así, existe una indiferencia de lo que suceda o de lo que no suceda, no hay en este momento algo que busque, ni de lo que huya. Queda solamente la exigencia eterna de ser, y de continuar siendo en la realidad; queda la exigencia de la actuación, pero sin ningún motivo para actuar, sin ningún interés en lo que le pase. Es decir, que la tendencia al acto supone la realización de lo que me mueve, el intento de la consecución de lo que me falta como ente, de lo que llene mi insuficiencia.

§ 2.10

Se queda, entonces, en el ocio. Lo que Soy no alcanza a vislumbrar lo que pueda hacer, no hay una meta que se siga, no está siquiera trazado el destino que me obligue a buscar un camino hacia ningún lugar. Ante esto, lo que se ofrezca como diversión (literalmente, lo que me lleve por varios lados) es bienvenido. El asunto es apartar a lo que existo de la sola relación con Mí mismo y de su exigencia de actuar sin que haya nada que me mueva; se busca entretenerme de la manera en la que se pueda llevar lo que Soy al interés por algo que se encuentre más allá de su exigencia de actualidad, más allá de lo que me exijo. Entonces, se crean nuevas necesidades, se inventa un motivo para no encontrarse ante la carencia de motivación, para volver a placerse por la consecución de lo que se busca. El juego en los adultos es una manifestación de esta necesidad de diversión, las competencias lúdicas, la afición a los estupefacientes, las pláticas de entretenimiento, la creación artística, la especulación filosófica, pero también los vicios y las perversiones.

Para quien de sí no sabe más que estar para la saciedad de lo que en la sensitividad actual se le manifiesta no le pueden bastar estas muy sutiles necesidades, sino que tiene que creárselas de manera que pueda satisfacerlas así como él las busca, con el concurso sólo de lo sensitivo, de la actualidad efímera del sentir y de la consecución del dominio sobre lo que se le niega, de la posesión de algo que aún no tenga, y también la afición por la violación del ente ajeno, por tratar de apoderarse de lo que no puede alcanzar siquiera. Aunque puede así mismo tomar la forma de la ambición desmedida, de la acumulación de posesiones más allá de toda mesura, de toda necesidad futura que se proyecte cumplir, simplemente por la acumulación de más potencia para incidir en la realidad o por el mero regodeamiento de saberse poseedor de más y más. Y nunca faltará quien apoye la creación de estas necesidades, que pueden pasar por las vejaciones más arteras o por la frivolidad banal, aunque para conseguirse tenga que destruir las vidas y las dignidades de miles o millones.

Cuando no es tanto el apego a la inmediatez y al ensimismamiento de quien está así ocioso, bien puede divertirse atendiendo un escenario fuera de la efectividad del mundo que se le presenta en lo que es:, puede jugar, entretenerse escuchando una narración o leyéndola, puede viajar, puede escuchar música, o contemplar cualquier obra artística, platicar de lo que le ha pasado y escuchar lo que a otros. Puede, en fin, desenvolverse lúdicamente en el mundo y, sin la efectividad amenazante que tendría la vivencia efectiva, recurrir a la concepción imaginativa para encontrarse en ella con un submundo capaz de devolverle el interés en lo que haya de venir, en la consecución o no de una situación particular, para resolver el aburrimiento, para plantearse nuevos motivos y experimentar especulativamente la vivencia de lo que escucha, que lee, que piensa…

Pero el ocio no es sólo eso, pues no sólo hay personas así. Lo que busca la motivación es llenar la insuficiencia entitativa de lo que Soy; con cada acto, con cada movimiento que realizo se trata de satisfacer la carencia entitativa que mi finitud me impone. Así, quien alcanza a encontrarse con lo que es y determina su actuación más allá de las manifestaciones de sus necesidades sensitivas, quien se encuentra {a sí mismo} como un ente que llega más allá de la facticidad en la que se desarrolla cada ahora (que desaparece apenas aparece), quien sepa de sí más de lo que se le manifiesta en la patente sensitividad de cada momento, también se descubrirá más carente, más insuficiente y, así, podrá encontrarse con una disposición del ocio muy más amable, en la que pueda tenderse hacia aquello de que sabe que carece y que, así, necesita, sin tener que recurrir a la creación de necesidades ad hoc. Quien se pre-ocupa de sí se encuentra como carente de afecto, de conocimiento, de verdad… y ante esta sapiencia tendrá también una manifestación motivacional más allá de lo que se le da en lo sensitivo, que pretenderá resolver este estado menesteroso de lo que le importa.

El ocio, de esta manera, se torna creativo, descubridor. El proceso mismo de la búsqueda de lo que Soy, el descubrimiento de lo que hago en el mundo y de lo que hace el mundo conmigo puede plasmarse artísticamente, puede expresarse esa necesidad que tengo de acudir a lo que Soy y de saber qué es lo que necesito, puede haber una conjunción del trabajo con el ocio en el que la satisfacción de las necesidades que se me manifiestan por ese acercamiento a mi entidad son resueltas por medio del trabajo creativo; es decir, de la modificación de la realidad [de lo ente que me rodea] para satisfacer mi necesidad de belleza, de alegría (como en el caso de la música), de armonía, de regocijo ante lo que me encuentre, ante lo que el mundo puede ser si sólo llega a concretarse lo que ahora concibo de él imaginativamente, ante las palabras que expresan la sublimidad de los sentimientos, horror, o el ánimo en el que me descubro en esta búsqueda.

Para quien más se adentra en la condición de su entidad, para quien se allega a sí mismo y al conocimiento de lo que es [de su propia entidad], el que pugna a sí mismo por lo que es no sólo como estando en el momento y en las condiciones particulares, no sólo en este lugar, con ésta la gente que se trata, sino que se interroga hasta descubrirse en sus condiciones entitativas en lo que lo determina más allá de lo que se le da en el mundo que lo toca, en cada ahora determinado; que inquiere por la condición que trasciende a cada momento particular, por lo que lo determina como persona, como viviente. Para ése —decía— la carencia entitativa de que sabe es la de la verdad; y es así que la busca por encontrarse con lo que es y lo que no es él mismo y el mundo todo se impone como una determinación que mana de la entidad misma y que participa a toda la existencia. Se trata de quien quiere determinar su acto basado en lo que es correcto y lo que no, que se pro-cura, que no puede aceptar la falta de sentido y que, por lo tanto, lo busca en todo, incluso —y principalmente— en lo que no lo tenga manifiesto. Quien así sea, pues, tenderá a satisfacer su carencia con la especulación filosófica o científica (pero no utilitaria, sino vivencial, aunque luego pueda resultar útil).

No se trata de que el gozo se conforme de manera distinta: el gozo siempre es sensaciones placenteras que inundan mi existencia, siempre es un respuesta de lo que Soy que se place de su estancia, que se encuentra ahora como si estuviera completo, como satisfecho de su ser lo que Soy; siempre es, en fin, sentirse bien [bienestar] por lo que —en general— me pasa. Lo que difiere es el conocimiento, lo que sé-entiendo de lo que Soy, de mi propia insuficiencia y de lo que lo otro ente me significa; y, por supuesto, lo que me lleva a la consecución de eso que gozo, lo que me permite encontrarme con aquello que Yo sé que me falta. Si lo que busco es la verdad o la saciedad sensitiva, los caminos para encontrarse con cada una de estas cosas son muy distintos, pero no lo es —cualitativamente— la alegría o el gozo resultantes, ni la tristeza o sufrimiento de su falta, como no sea por la consecuencia del mismo encuentro (en el primer caso, la sensitividad, que tiene una gran densidad ontológica en su acto; en el segundo, la verdad, que es una eyección de lo que concibo o especulo).

Los idiotas [aquellos ensimismados] que se tienen a sí como todo cuanto es, y a sus manifestaciones sensitivas como lo único que deben satisfacer, tienen en la búsqueda de la posesión [en la ambición del dominio] su realización más completa y, así, se afanan en su consecución, en el aumento de lo que poseen y, como una consecuencia ineludible, de las necesidades que deben ser satisfechas (lo que es decir que tienen a la desmesura como modelo). Este arrojo desmedido a lo otro de mí con el afán de posesión conlleva a la frustración como contraparte necesaria para poder desarrollarse, para que lo que se le presente pueda seguir siendo motivo de la entidad que se realiza poseyendo; a menos que se sea dueño del mundo todo, en cuyo caso, ya sin necesidad, quedaría sólo la desolación del sinsentido y del aburrimiento.

Dice Schopenuaher algo semejante:

Originariamente el sufrimiento es carencia, menesterosidad, preocupación por el mantenimiento de la vida. Si uno es tan afortunado como para desbancar al dolor bajo esta forma, lo que es muy difícil de mantener, a renglón seguido el dolor cobra otras mil formas, transformándose conforme a la edad y las circunstancias en instinto sexual, pasiones amorosas, celos, envidia odio angustia, ambición, avaricia, enfermedad, etc. Si finalmente no puede tener entrada bajo ninguna otra forma, el dolor comparece con el triste y gris ropaje del hastío y el aburrimiento, que se intenta contrarrestar de tan diversas maneras. En cuanto se logre ahuyentar el aburrimiento difícil será que el dolor no adopte de nuevo alguna de sus formas precedentes para recomenzar su baile desde el principio; pues toda vida humana es arrojada de un lado a otro entre el dolor y el aburrimiento.4

Sin embargo, se ha de señalar que, aquí {en este trabajo}, el placer y el dolor son igualmente determinaciones sensitivas y que no es uno definido por la ausencia del otro (aunque la disminución del placer es dolorosa y viceversa). No hay razón para asegurar que la huída del sufrimiento y no la busca del placer sea lo que determina la motivación como no sea el hecho de que el dolor acaece ineluctablemente desde sí como una manifestación sensitiva de la carencia entitativa que, por medio de ese dolor que exige ser aplacado, exige ella misma ser satisfecha en su carencia. Pero aún así la disminución del hambre es un sentimiento distinto del sabor de la comida y es éste el que place (como se muestra fácilmente porque se puede disfrutar de la comida aún cuando ya esté satisfecha la necesidad alimenticia); el impulso sexual no es propiamente doloroso, sino sólo imperioso y si acaso lo fuera sería por la proyección del orgasmo ahora negado. Por otro lado, el ocio que se sigue de la satisfacción de las necesidades más básicas (y del que recién se habló) provoca, sí, la creación de necesidades que deban satisfacerse para no caer en el hastío de existir sin motivo tal como se dijo, pero esto no es una forma del dolor, sino que se debe a la manifestación reflexiva de una mejor estancia en el mundo que se pretende realizar, hacia la que hay un ímpetu por encontrar efectivamente y, si esto ha de ser mezquino o magnánimo depende de quien conciba {desde sus instancias} ésa su necesidad. Finalmente, que “toda vida humana es arrojada de un lado a otro entre el dolor y el aburrimiento” es una afirmación demasiado sentenciosa, aunque —de acuerdo con lo que se ha venido desarrollando aquí— podría adoptarse con un matiz: la vida puede ir desde el arrojo ciego e inclemente hacia la probable satisfacción sensitiva hasta la resignada aceptación del sinsentido de todo acto. Hay, desde luego, quienes nunca habrán llegado a algún extremo (excepto, cuando infantes, al primero), quienes casi no se han movido de alguno de ellos y quienes oscilan constantemente en la medianía (no podría afirmarlo categóricamente, pero creo que es imposible que alguien oscile repetidamente de un extremo al otro).

Como nota final de esta sección, diré que los caracteres que se trazaron para la exposición del afán de posesión y, sobre todo, de la ocupación ante el ocio son eso: las características más notables de lo que se quiere dar a entender. No es que realmente haya una distinción tajante entre los humanos, unos así y otros asá, sino que siempre habrá características compuestas aunque, por supuesto, con alguna dominante en cada cual; pero también en cada momento de mi existencia, en cada variación del ánimo. Esta nota debe ser atendida para todo el presente escrito, pero aquí me ha parecido muy necesario explicitarlo. En lo que sigue, hay que tener muy en cuenta esta observación.


  1. Dicho esto de un ente consciente [existente] y con la dimensión proyectiva que supone el encuentro con la posibilidad de ser futuro. Los entes inanimados, por su lado, no la recienten sino en la existencia que tienen como objeción de un existente.

  2. Hay que advertir, sin embargo, que esto no es así necesariamente; puede ocurrir, por varias razones, que la concepción de la posesión sea desprovista de este aumento potencial de la entidad. Principalmente si la motivación no está en pos de la satisfacción que supone lo que se posee, o porque esta posesión implica el enfrentamiento con situaciones dolorosas o de sufrimiento, en cuyo caso el sufrimiento que causa esto no permita el gozo de lo poseído. Esto es muy importante tenerlo en cuenta, porque lo que se dice a continuación en este parágrafo se basa en el supuesto de que, sin más, el aumento de la posesión conviene —sin contravenir— a la motivación poseyente, pero no significa que esto se acepte como universal, sino como general. De estos casos excepcionales se tratará más delante.

  3. «La mucha erudición [πολυμαθία] no enseña a tener inteligencia [νόος] […]» — DK B40.

  4. El mundo como voluntad y representación. Vol. I: IV, §57. p. 371.

Siempre —oh, humanidad— habrá un fin, aunque pocos lo vean; aunque pocos se enteren ni del principio.