Explicaciones ontológicas e implicaciones éticas de la soledad

La consideración del otro

§ 6.1

Considerar es re-presentar imaginativamente ante lo que Soy la situación —objetiva o subjetiva— de un ente o de una existencia. En efecto, la capacidad imaginativa no se agota en la consideración de lo que me objeta en la sensitividad extensiva, sino que se trata de una emulación del mundo, y el mundo no se agota en lo extensivo. La dimensión especulativa —concebida por el ingenio— no consiste simplemente una re-representación de lo que me aparece, sino además en la relatividad [en el entramado de relaciones] en que se da su aparición. Cuando, por ejemplo, se especula algo para razonarlo, se concibe imaginativamente eso de que se buscan sus rationes, pero la búsqueda misma se da porque además se tiene en la concepción las relaciones de eso con el resto del mundo y con la situación en la que se acomoda. La emulación, pues, no es sólo un intento de reproducción de las cosas del mundo, sino también de su comportamiento.

Pero no sólo se puede considerar lo que respecta a las cosas del mundo como objeción (ya extensiva, ya intensiva), también puede haber una consideración de lo subjetivo: re-presentar imaginativamente la situación de lo aquende de una existencia. Lo aquende y lo allende de lo que Soy se diferencian, como se ha dicho ya, en que lo aquende es lo que se mueve conmigo, mientras que lo allende es en lo que me muevo; pero no hay una diferencia cualitativa entre lo que me objeta desde mí y desde los sentidos de lo mío, sino que la diferencia es en el modo de la interacción con eso sensitivo. Así, tanto es posible que se representen imaginativamente las objeciones de lo allende [percepciones], cuanto lo es que lo hagan las objeciones de lo aquende [sentimientos]; y tanto es posible replicar las relaciones de lo objetivo-perceptivo cuanto lo es replicar las de lo que me sujeta. Sin embargo, la mayor sutilidad de la dimensión ontológica especulativa no permite que se conciban allí las sensaciones con la gravedad que tienen en su aparición actual, sino con la misma sutilidad del reflexo. No se trata pues, de concebir imaginativamente sólo las representaciones sensitivas que llegan por el contacto —ya de lo ajeno [extensivo] ya de lo propio [intensivo]—, sino de re-representarlas como especulación de su aparición, basadas en las instancias de lo Mío y en la capacidad del ingenio y de la imaginación.

La consideración de lo subjetivo, entonces, re-pone ante lo que Soy las condiciones y las manifestaciones respectivas de lo que pasa con lo que Soy en su sujeción a lo que existo; es decir, en su manifestación motivacional que determina el ánimo de la existencia y la concepción de lo sensitivo.

La diferencia entre la consideración del otro y la consideración de lo otro no es la de la consideración de lo objetivo y la de lo subjetivo: puede haber consideración subjetiva de lo otro y también consideración objetiva del otro. Se puede enfrentar con alguien de manera que se le observe, se midan sus sentimientos, sus reacciones y, en general, su dimensión entitativa, pero que no se le considere en su alteridad, sino en su otredad; es decir, que no se atienda a lo que le pasa en su existencia sino a lo que pasa con él en la mía. Puede también enfrentarse a alguien considerando sólo lo que pasa objetivamente con su cuerpo como mera objeción para mí y, sin embargo, considerarlo como un otro y atender a lo de sí, si bien sin que me importe desde sí. La consideración del otro es atenderlo no en su subjetividad, sino como subjetividad; esto es, no se trata de que se entienda a su subjetividad en sus relaciones, sino que se atienda lo que le pasa como si a Mí me pasara.

Considerar al otro es imaginármelo en su situación como si fuera la mía, considerar lo que para mí significaría estar en su estancia, responder por la situación del otro como respondo por la propia. Puede que se considere la situación objetiva del otro y que eso implique en mí una respuesta de lo que Soy; esto es, que se manifieste mi motivación ante aquella situación objetiva porque se le presenta especulativamente en su efectividad, como si se le manifestara {a la motivación} con ella la realidad de una situación Mía y las consecuencias para lo que Soy de estar en una situación tal. Puede también que se considere la subjetividad del otro; es decir, que en la consideración se intente abandonar las instancias y la historia Mías para asimilar las del otro, para tratar de emular la subjetividad del otro en su comportamiento, pero sólo puede ser en la medida en que mi conocimiento de lo que es él me lo permita; esto implica que se conozca (o se crea conocer), por lo menos en algo la manera en la que se desarrolla la sujetividad del otro para sí

La especulación permite representar ante lo que Soy lo ausente; permite que a mi existencia (y, por lo tanto, a mi entidad) se le ponga ante lo que está más allá del alcance actual de mi sensitividad, pero tampoco puede llegar más allá de la sensitividad de la existencia. Lo que sí, es que me permite figurar el mundo más allá de su actualidad, y más allá incluso de su verdad sabida. El enfrentamiento con lo que no se presenta efectivamente permite construir un mundo que se despegue del lazo sensitivo del presente y que me ponga en situaciones que no son la mía para inspeccionar, para descubrir qué es lo que le pasa a lo que estoy especulando, cómo es in situ su existencia, la manera en la que se encuentra con lo que le enfrenta. La consideración es eso: imaginarme alguna cosa en su situación, y tratar no sólo de entenderla, sino de comprenderla a cabalidad desde lo que le pasa. Así, si bien no me es posible alcanzar al otro en su existencia como suya, sí alcanzarla como mía; no actual sino especulativamente. El poner ante lo que Soy la especulación de la existencia del otro en la consideración de su situación, para comprender lo que le pasa, lo que vive y lo que lo sujeta es tener en mí lo que es del otro; pero esto no es directamente (no me comunica el otro su existencia) pero sí se puede re-conocer la situación existencial por el encuentro con su manifestación perceptivamente objetiva o se puede imaginar lo que le está pasando a partir de algún suceso; es decir, se puede emular la situación del otro por el encuentro con alguna de las determinaciones más fuertes que pueda tener o de sus motivos más impelentes. Considerar al otro en su estancia en el mundo (y vivirla así en su bondad o maldad) implica que se presente ante mí la situación del otro como propia; esto es, empatar mi existencia con la existencia del otro.

La empatía es la facultad de una persona para reconocer en sí mismo lo que vive alguien más. La consideración especulativa no es la única manera de realización de la empatía; hay una que viene de la directa intuición, del mero enfrentamiento con la objeción del otro como sufriente o como gozante de su ser, que se manifiestan con la misma espontaneidad de un juicio.

La empatía intuitiva consiste en que alguien pueda, por el solo enfrentamiento con la manifestación de lo que al otro le pasa, compartir su dolor o su placer; es la capacidad de dolerse cuando se ve a alguien en una situación dolorosa, es empatar el dolor del otro con el dolor mío ante la sola apelación de su gesto suplicante, de sus gritos de ayuda, de su lamento y, en general, de su situación sufriente. Esta manera de la empatía es la más fuerte, la más inmediata, que nos reclama la atención de lo que hacemos y nos mueve a alcanzar el alivio del otro como el alivio propio. Esto sucede de una manera intuitiva, sin mediar entendimiento ni consideración, sino que es una respuesta de lo que Soy por una instancia instintiva, innata, que se funda en la solidaridad y la protección instintivas para una mejor conservación de la especie. Esta empatía, pues, es brutal y su fuerza nos lleva a buscar el bien del otro, a com-padecer lo que él padece; y esto sucede al mismo tiempo en el que su manifestación viene, inmediatamente y, por lo tanto, sin que haya interés alguno más allá de la consecución del alivio; la compasión no supone un ánimo de solidaridad, sino sólo el sentimiento de dolor que produce el dolor del otro; no es una respuesta propiamente a lo que Yo considero, sino que es una determinación judicial de lo que me objeta. Como bien lo indica Schopenhauer,

¿Cómo es en absoluto posible que el placer y el dolor de otro muevan mi voluntad inmediatamente, es decir, exactamente igual que en otro caso solo lo hacen los míos; esto es, que se conviertan directamente en mi motivo e incluso a veces lleguen al grado de que yo postergue más o menos mi propio placer y dolor, esas fuentes únicas de mis motivos en los demás casos? Está claro que solo convirtiéndose el otro en el fin último de mi voluntad igual que lo soy yo mismo en otro caso […]. Mas esto supone que de alguna manera esté identificado con él, es decir, que aquella total diferencia entre mí y todos los demás, en la que precisamente se basa el egoísmo, sea suprimida al menos en cierto grado […]: es el fenómeno cotidiano de la compasión, es decir de la participación totalmente inmediata e independiente de toda otra consideración, ante todo, en el sufrimiento de otro […]1

Pero de lo que se trata aquí es de la inclinación al bienestar del otro por su consideración; al hecho de que mi motivación me impela a la consecución del bienestar ajeno porque su apelación a lo que Soy no me permite permanecer en la indiferencia, es decir, que la actitud de alivio del sufrimiento ajeno se dé como respuesta a la situación considerada, sin que sea la concepción sensitiva de lo que me objeta la que me impela a una búsqueda de lo que al otro le conviene para su bien indeterminado. La empatía de la que se pretende hablar es, por tanto, una que surge del encuentro —siempre especulativo— con lo que del otro existe desde su entidad; se trata de que no sea una reacción instintiva ante una imagen o un sonido, ante un objeto, sino que la respuesta venga del encuentro con la estancia existencial que se pretende aliviar, que el compartir su estado emocional no sea simplemente una respuesta dolorosa o angustiante ante lo que le pasa al otro, sino que se comprenda lo que lo sujeta y que se le estime por su situación, por la consecución del bienestar del otro y no sólo del alivio inmediato.

La empatía instintiva ha menester la objeción sensitiva de la manifestación física del sufrimiento ajeno, de la impresión sensacional que patentice la existencia del dolor que sumerge a al otro que me mira; pero así se sigue atado al encuentro material, a la exigencia que significa la manifestación de su dolor en su cuerpo. Empero, de lo que se trata aquí es de la atención al sufrimiento y al gozo del otro en la determinación de mi acto en general; es decir, no se quiere examinar la inclinación espontánea al alivio del sufrimiento ajeno, sino la de convertirlo en un motivo de mi acto en general, a que su situación (actual o potencial) sea considerada al momento de mi realización, que se tome en cuenta lo que del otro sea a partir de lo que se hace; es decir, que para el Yo el otro y su situación signifiquen un motivo permanente; es decir que se tenga presente aún en la ausencia de su objeción sensitiva.

La empatía considerativa consiste en poder empatar [igualar] la situación existencial del otro con la mía a partir de la consideración de su situación como la propia; es la capacidad que tiene alguien para alcanzar especulativamente la existencia del otro en su situación pero, además, para generar desde sí la respuesta que ponga en la {existencia} mía lo que hay en la suya.

Se trata, en primer lugar, de tener la capacidad de considerar a lo otro en general; esto es, de imaginar-me la existencia suya en su situación, es decir, enfrentándose a lo que se enfrenta (en tratándose de la consideración objetiva) y (si es subjetiva) también teniendo el ánimo que tiene y respondiendo desde las instancias que le responden. Pero hasta ahí se le considera como lo otro; hace falta, en segundo lugar, considerarlo como un otro: hay que considerar además la subjetividad desde sí y esto se logra sólo suponiendo en Mí lo de él, es decir, encontrándome como siendo sí y viviendo lo de sí a partir de la situación dada.

No es lo mismo la empatía que la simpatía. La primera —como se ha visto— es la capacidad de empatar mi existencia con la del otro, ya por la intuición, ya por la consideración; la simpatía, en cambio consiste en que dos personas tengan el mismo pathos, los mismo sentimientos, sin necesidad de se esté enterado de lo que esto es así. La simpatía es una comunidad de facto entre las existencias de dos o más personas —y más la hay entre más frecuente sea que se llegue a esta comunidad— pero sin que se requiera de ninguna de ellas la intención de que así sea. La empatía, en cambio, es la manera en la que, a partir del encuentro —sensitivo o especulativo— con quien padece determinada situación, se le com-padece; es una disposición activa de una persona para empatarse con la otra y no implica que de hecho este empate se consiga, sino que basta con que la consideración provoque una respuesta vivencial del que es apelado por la presencia o re-presencia del otro; es decir, que puede que mi consideración de la situación de alguien que mendiga por las calles me lleve a un sufrimiento de lo Mío y ser en verdad que la persona no sufre de hecho en ese momento, pero eso no obsta para que el sufrimiento del primero sea empático. La simpatía, en cambio, sí reclama esa comunidad, aunque ninguno de los simpáticos conozca de ella.

La consideración del otro implica, antes de ello, que sea posible considerarme a en la posibilidad de mi existencia; es decir, que lo primero es que hay una preocupación por lo de Mí en el futuro, por considerar la situación efectiva posible del Yo, por llegar enfrentar a mi entidad con la posibilidad de su ser por venir o hipotético, para que responda desde sí lo que significa la situación de Mí que se considera. Es decir, que la introspección [la interrogación a lo que Soy sobre lo que soy] es el primer ejercicio posible que permite atender a una vivencia no actual ni efectiva de lo que Soy con responsabilidad. Quien no se ocupa de lo que será de sí desde sí difícilmente podrá considerar al otro en su alteridad; el que se ocupa de su motivación, pero no desde la mera satisfacción de las necesidades vitales ineludibles, sino desde su aparecer mismo como sujeción de lo que existe a una entidad que, fundándola, la trasciende y la determina en su dación general a lo ente; el que sabe que lo que efectivamente tiene se le da como respuesta a la situación, como la manera de realizarme Yo en el mundo para mejorarlo para mí, el que, en fin, se pro-cura, tiene ya la base sobre la cual forjar la consideración del otro.

La empatía considerativa permite que se re-produzca en Mí la existencia del otro y esa producción es la que me lleva a la búsqueda del bien del otro como el bien Mío. Por medio de la consideración del otro, lo que él vive pasa a ser, aunque especulativamente y de manera más sutil, lo que Yo vivo. Es conocer de lo que el otro es desde lo que es, pero no para lo que Soy, sino desde lo que Soy. Esto significa que, de una manera análoga a como me encuentro con la consideración especulativa de lo que Soy en una situación especulada, así mismo considero la situación —efectiva o posible— del otro como apelante directamente a mi entidad, para que ésta responda por lo que le pase en ella.

La empatía considerativa implica una responsabilidad [responsividad] desde Mí por la situación del otro.

El encuentro con en Mí de la existencia del otro me provoca el sufrimiento de su sufrir y el gozo de su gozar. Al mismo tiempo que se empata —aunque especulativamente— la condición existencial, se empata también la determinación motivacional; es decir, que el postulado entitativo que me hace huir del sufrimiento y buscar el gozo propios se manifiesta ahora por el término del sufrimiento o la consecución de un gozo que son míos sólo empáticamente. El alivio de estas exigencias se puede de dos maneras: la una consiste en desconsiderar al otro y a su existencia; la otra, en buscar la modificación de la situación del otro para que cese su sufrimiento y, así, el propio.

La des-consideración, empero, no acaece simplemente porque así se desee: no se puede renunciar a la responsabilidad ante lo bueno y ante lo malo, si soy capaz de ver malo el sufrimiento ajeno y bueno su gozo estoy obligado a cambiar mi paradigma de bondad y maldad para dejar de encontrar en el de otros el sufrimiento propio. Pero, si lo que se busca es desconsiderar ahora lo que pasa con otro, esto tiene que venir de atender a una cosa distinta; una vez que ya se ha hecho al Yo responsable por la situación del otro, entonces la motivación impelerá a conseguir la realización de su postulado, a la búsqueda del bienestar propio, que se ha identificado —por la consideración empática— con el bienestar del otro. Pero la renuncia deliberada al acatamiento de este impulso motivacional no puede darse de manera inmediata, pues la apelación considerativa permanece presente y, por lo tanto, la responsabilidad por ello sigue impeliendo al ánimo a conseguir el alivio de esa situación, por lo que se tiene que desatender esa consideración para ocupar la atención en cualquier otro motivo (proceso mismo ante el cual la responsividad será molesta, pues se trata de impedir su cumplimiento). A más de eso, intentar la desatención de lo otro ya empatado implica que, en el momento en el que se encuentre con la consideración de su propia entidad como recuente al mejoramiento del mundo, se presente el juicio molesto sobre sí mismo; esto es, que al darse cuenta de lo que implica para sí mismo tal renuncia se reconocerá malo para el mundo; esto conlleva —si es ese el concepto de maldad que se sabe— la vergüenza de Mí mismo por lo que soy; o, si no, conlleva cuando menos la vergüenza ante los demás [ante el juicio que de mí tengan] y, entonces, la hipocresía para seguir pareciéndoles bueno y continuar en su estima. Desde luego y como con todo, es posible —por la reiteración constante— incorporar la renuncia de la responsabilidad ante la apelación del otro u omitirla por una muy fuerte condición existencial egoísta, o también oponerle consideraciones relativas a la justificación de tal renuncia, por ejemplo, las de la imposibilidad de actuar Yo su alivio o el de todos los que están en esa condición. De cualquier modo, se tratará de una renuncia al imperativo empático del alivio o la evasión del sufrimiento ajeno; y esto es la primera manera de aliviar el sufrimiento que nace de la consideración empática.

En el segundo caso (el de obedecer la tendencia al alivio del sufrimiento ajeno), significa una realización altruista. El altruismo es la tendencia a conseguir el beneficio del otro como el propio, surgida de la impelación motivacional de un ánimo empatado (así intuitiva como consideradamente). Por medio de la consideración empática se identifica —si no en la actualidad, sí en la existencia del empático— el estado sentimental [el ánimo] del otro con el propio, lo que impele a la consecución de su bienestar como parte del postulado entitativo; es decir, hay un reconocimiento de lo ajeno en lo Mío, una motivación hacia el beneficio del otro por la identificación de su mal con mi mal y de su bien con el mío. En efecto, el encontrar en el dolor ajeno al propio implica, a menos que se renuncie a la responsabilidad por él [a la consideración empática de él], que se identifique su alivio con el mío y que, por tanto, se tienda a su beneficio como un motivo, con cuya consecución Me realizo, es decir, sin miras a lo que de eso resulte, sino como una meta tan final como la estancia buena que irremisiblemente se busca siempre. Nuevamente —como con el trabajo— el altruismo sólo es tal cuando se hace por necesidad, y no cuando por obligación.

Pero la realización directa del bienestar del otro no es la única manera en la que la condición altruista culmina en el acto, hay otra forma, mucho menos franca pero mucho más constante (y, quizás, más importante y grave), que es la actitud considerada. Actuar de una manera considerada quiere decir que en la determinación consciente del acto [en aquélla que implica al conocimiento para llevarse a cabo] se encuentra a la consideración empática como un condición y, así, a la estancia del otro como motivo que impele o inhibe la realización del impulso perenne por encontrase mejor; es decir, que al momento en el que se tienda a la realización de un movimiento extensivo [hacia la resolución de un deseo por el encuentro con el motivo] se tomará en cuenta, de entre todo lo que se siga del acto mío, la situación actual o posible del otro que sea afectado por lo que hago. Así, la determinación de mi realización considera al otro en su ejercicio y evita el mal que se proyecta que le pase como consecuencia. El enfrentamiento con la concepción imaginativa de lo que llegara a ser para el otro es equivalente a la proyección de la propia situación a partir de lo que está a punto de realizarse.

De esta manera, la actitud considerada hacia el otro provoca que en el acto se eviten las consecuencias malas para alguien más. Representa imaginativamente lo que será de mí, pero también lo que será del otro y lo manifiesta en la existencia, que perennemente apela a mi entidad, que a su vez es perennemente responsable [responsiva] por lo que hace a sí y, como en la consideración empática esta suposición {la de que lo de otro es lo de sí} se da, se le hace así también responsable por la situación que le signifique al otro de lo que yo hago. A una persona considerada, el sufrimiento posible del otro se le presenta siempre como un motivo determinante del acaecimiento de su actuación. Todo acto [toda incidencia del Yo-ente en lo real] está determinado por la existencia de un impulso motivacional, que siempre se da en función del cumplimiento del postulado entitativo; lo que varía siempre es el modo en el que se pretende realizarlo: éste depende de la historia de lo que Soy, de sus disposiciones y de cómo determine esto la concepción de su situación; es decir, que —básicamente— depende de lo que tiene enfrente (ya sensitiva, ya especulativamente), de la condición que le marquen sus necesidades vitales y del entendimiento y la sapiencia de los que disponga. Una sapiencia de que el otro es una existencia tanto cuanto lo es la mía, de que tiene un motivación [algo que persigue | un anhelo] y del sufrimiento que le implica su fracaso; una real incorporación de esta sapiencia —decía— implica que se deba considerar su situación [que se deba concebir {especulativamente} la proyección de lo que del otro sea] y que esto lleve a que tal situación sea algo que se juzgue molesto o agradable, que se proyecte placentero o doloroso y a que el Yo, entonces, desee o repugne la realización del movimiento que ahora tiene más motivos que lo enfrentan y que compiten entre sí para ser el que más gravemente le llame a realizarlo.

El conocer que este acto que estoy a punto de realizar, que este movimiento que ahora ejerzo, que el impulso que me mando implica la aniquilación de la esperanza o de la felicidad de alguien es motivo que lo detiene, es dolor que desgarra y atrofia al cuerpo que lo pretende (si es considerado). Su dolor es el mío.

Así, la consideración del otro se presenta como una manera en la que evito la maldad del mundo y en la que se procura su bondad. Que el mundo sea, en general, motivo de lo agradable y no de lo repulsivo (que sea bueno y no malo), es —como ya se vio— la manera de realización que compete propiamente a los entes especulativos —esto es, humanos—. Empero, y como una anotación que no debe quedar sin hacerse, cuando se habla de la consideración de el otro, se hace referencia a lo que se dijo en el apartado respectivo (“El otro y su alteridad”, pág. 231); es decir, que se refiere a todo ente en el que se re-conozca la motivación y la sensitividad y así fue usada, por ejemplo, la palabra “persona”, no sólo con referencia a los humanos, sino también a los animales [entes animados] todos. Éstos, en tanto sensitivos, tienen así una existencia y una motivación, aunque no sean capaces de concepción imaginativa; tienen también sufrimiento y gozo, éxito y fracaso, se duelen y se placen de lo que les pasa, de tal manera que —quien así lo sepa— puede también considerarlos y reconocer su existencia en lo de sí.

La consideración del otro, que se basa en la capacidad considerativa en general, es la base de la actitud responsable ante el otro y de que en el momento de determinar su actuación, esté presente lo por-venir para el otro como consecuencia efectiva de lo que le pasa. Empero, la empatía intuitiva tiene una fuerza y un llamado mucho mayor, una objeción que ocupa enseguida toda mi atención y que me lleva a la búsqueda del alivio. La constancia, regularidad y reflexividad de la empatía considerativa, sin embargo, son las que condicionan un altruismo más propiamente dicho, pues no se trata de una actitud aislada de conmiseración espontánea, sino que pretende un verdadero seguimiento de la estima del ajeno, es, entonces, una pro-curación también del otro, no ya sólo de mí. La diferencia entre la empatía instintiva y la considerativa es la misma que entre el arrojo ciego y el trabajo, pues no se trata sólo de una instintiva manifestación de la supervivencia (un altruismo vital); sino de que ese instinto —mucho menos manifiesto y constante que el egoísmo— trascienda el ciego impulso y se instituya como una referencia de la determinación de cada acto (un altruismo existencial).


  1. Sobre el fundamento de la moral. En Los dos problemas fundamentales de la ética. p. 208 (la paginación viene de la edición de Arthur Hübscher y se halla al margen de la edición citada (véase la Bibliografía)).

Dejando de lado el hecho de que todo movimiento implica una búsqueda, a veces no comprendo cómo de su garganta sale esa voz, que es asesina.