Explicaciones ontológicas e implicaciones éticas de la soledad

La abnegación

§ 6.3

La abnegación es una renuncia a Mi realización en pos de la realización ajena; es despreciar lo que de Mí pueda ser por lo que del otro sea a partir de un acto.

El acto abnegado siempre viene por una ponderación de lo que será de mí con lo que será del otro o de lo otro, en la que lo que me proyecto para mí como malo o bueno siempre tiene menor peso que el de lo que me proyecto como malo o bueno para el otro. Esto implica que haya una empatía (intuitiva o considerativa) para con el otro (en su alteridad o en su humanidad).

La renuncia a realizar el impulso al que lo que Soy me impele siempre se da porque aparece un motivo repulsivo o deseado más fuerte, y que surge a partir del movimiento que implica tal realización. La abnegación, como renuncia, supone que son para Mí más repulsivas las consecuencias para el otro de mi hacer o mi dejar hacer que el deseo que me tiende al movimiento o a la permisión del acto de otro. La abnegación requiere que haya un motivo de deseo y que se me presente la posibilidad de su realización y que, al mismo tiempo, me objete (como reflexiva) la situación —buena o mala— del otro a partir de lo mismo y que entonces el Yo se incline por el deseo del gozo ajeno o por la repulsión de su sufrimiento antes que por buscar lo que desde mí me mueve.

La renuncia de la que aquí se habla ha de ser deliberada; esto es, tiene que resolverse a partir de la deliberación entre el impulso que me reclama y las consecuencias para otro malas de la realización de tal reclamo; tiene que determinarse por el conocimiento de que lo que resulte para el otro importa más para mí mismo que lo que sea de Mí. Esto no quiere decir que se dé una comparación objetiva de lo que vaya a suceder con cada uno, pues siempre habrá quien prefiera terminar exhausto por cargar a su hijo antes de permitir que él se canse un poco. La ponderación se da a partir de la subjetividad de ambos, de la consideración de qué tanto sufre él por el cansancio y qué tanto sufro yo por la exhaustividad; siempre se tiene que partir de esa consideración pero, además, está la importancia que la entidad del otro tiene para lo que Soy.

El erotismo permite que lo que Soy tienda a la entidad de otro como un motivo final y que la aprecie por el solo hecho de ser {lo que es}; ese aprecio es el que se juega en el momento de ponderar las situaciones proyectadas de ambos. La amistad, el amor sexual o el filial [en general, la tendencia erótica a la entidad ajena] dictan cierta importancia de la entidad amiga o amada para lo que somos y he aquí que se da que un gran sufrimiento mío puede valer menos para Mí que un pequeño sufrimiento del que quiero.

Mi entidad es responsiva por lo que pase a mi existencia, y la capacidad reflexiva me impele también a responder por el pasado, por el futuro y por la situación del otro. Pero, aunque tengo responsabilidad de todo ello, sólo tengo determinación sobre mi actuación [sobre el movimiento de mi cuerpo] y, más limitadamente, sobre el juicio que haga de lo que me pasa. De esta manera, del dolor mío por el que respondo tengo la facultad de aceptarlo, mientras que el del otro, por el que también soy responsable, sólo me queda imponerlo (por mi hacer o mi dejar hacer) sin poder aceptarlo o rechazarlo, lo cual me lleva a la decisión de soportar el dolor propio o de soportar el dolor ajeno con migo como causa. El no aceptar lo primero se llama pusilanimidad; lo segundo, abnegación.

Hay quienes son capaces de abnegarse con facilidad, ante casi todos, sin que conozcan incluso a las personas a las que sacrifican su realización. Bien puede tratarse de alguien que valora en muy poco lo que es y lo que le pasa, que tiene por costumbre el sufrimiento y que no se atreve, en cualquier caso, a realizarse por temor de su fracaso o por algún agente que constantemente se lo impida; también puede ser que se trate de un caso diametralmente contrario, de alguien que tenga a su valor en mucha estima, de tal manera que aprecie su propio dolor en poco, pues su dignidad es la que no le permite que se encuentre ante sí mismo como sufriente no habiendo razón suficiente para ello. En cualquiera de los dos casos, tiene que haber un convencimiento de que no se tiene ningún derecho sobre el otro, se sacraliza su alteridad y se le mantiene fuera de toda exigencia, de toda superioridad instructora: la entidad del otro se debe mantener como desde sí se dicte a su realización y la realización de lo mío puede frustrarse porque no significa nada, comparado con el hecho de haber obligado al otro a sufrir sin tener determinación de aceptar o rechazar tal sufrimiento (sin derecho sobre su estancia). El derecho de la renuncia se puede exigir de uno mismo, pero la alteridad del otro se mantiene más allá de toda exigencia posible de resignación o de padecimiento.

La abnegación, por lo general, se da ante aquél que es considerado más débil, menos capaz que Yo, o ante aquella entidad cuyo bienestar se tiene como gran motivo, cuya realización debe permanecer inmaculada, es decir, de aquella entidad ajena que es sagrada como nunca podrá serlo la propia.

Es la distancia la que permite la sacralización de la alteridad. Es el hecho de nunca poder alcanzarla para ser de sí lo que me provoca para buscar otra manera de entregar mi existencia a la suya: rindiendo mi realización y mi motivación a favor de las de aquél. El imposible encuentro con la entidad del otro que amo es lo que la hace de por sí sagrada; la que obliga al respeto ante aquello que se manifiesta por su cuerpo físico y por sus actos en el mundo, pero que escapa al asimiento de mis manos y a toda interacción directa con mi cuerpo; escapa hasta en su forma a lo que puedo recibir de lo otro. Lo de Mí es lo profano, aquello con cuya interacción lidio siempre, lo que puedo determinar en su forma a partir de su dación, lo que puedo negar o aceptar, lo que puedo, en fin sacrificar porque es lo que me toca en cuanto ente. La alteridad permanece sagrada porque no se puede tocar, ni aún conocer.

Pero no es que todos, para todos, consideren sagrada la alteridad; el egoísmo y, más todavía, la violencia implican una desatención de la alteridad y su cosificación [consideración sólo en cuanto a sus cualidades cósicas]. El amor, la amistad y la responsabilidad son lo que tiende a sacralizar la alteridad de los que me acompañan y que me aproximan o a los que quiero aproximarme. Es el eros el que fundamenta los dos primeros y la consideración empática, la última. La abnegación puede llegar al límite de sacrificar toda la posibilidad de mi ser: a preferir la aniquilación propia que el malestar o la disminución de la entidad distante y sacra.

La preferencia por mi muerte sobre el sufrimiento del otro implica que la aniquilación de lo que Soy no significa un gran sufrimiento, aún a pesar de que la idea de la nada es nauseabunda, y que, por el contrario, el hacer o dejar hacer daño a la entidad que Yo aprecio tanto me sería insoportable; esto es, que la entidad por la que me sacrifico, en su vida, me vale más de lo que Yo puedo valerme. El sacrifico es la sacralización del otro o de lo otro (pues también por una causa ideológica se puede el sacrificio) por lo que se muere a tal grado que se sabe que mi estancia está sólo dedicada a mantener la entidad del otro; tal sacralización es el producto de una tendencia erótica inmensurablemente grave, un abandono completo de la realización de lo que Soy desde el ámbito especulativo [un abandono de la necesidad del trabajo] para convertir al imposible alcance y protección del ente amado en mi único motivo, y lo relativo a ello en lo único que apela a mi entidad y que merece mi juicio y mi consideración, incluso a pesar del resto de las necesidades, del hambre, del frío, de la pérdida de la habitación.

El erotismo desenfrenado puede, así, reemplazar toda consideración y todo postulado en aras del disfrute de la presencia del amado, de la contemplación de su belleza y del cuidado de su sacratísima entidad, cuya fusión con la mía es inalcanzable, y que por lo mismo sólo puedo entregarle con la dedicación de mi ser al suyo.

En el enredo confuso de la memoria, como perdido años ha (no el discurso: el hombre), renace distante y sacro; ajeno, amenazante… ente.