Explicaciones ontológicas e implicaciones éticas de la soledad

El deseo sexual – el erotismo

§ 6.2

El deseo sexual es la manifestación de una necesidad vital, como lo es el hambre; pero mientras que ésta última manifiesta por excelencia el impulso a la permanencia, la sexualidad manifiesta por excelencia el impulso a la extensión de lo que Soy. La necesidad sexual es la de trascender mi entidad en pos de una ajena; es el deseo, no de lo otro para su consumo, sino del otro para su disfrute.

Muy cierto es que la finalidad del instinto sexual es la re-producción de mi entidad, la resurrección [el resurgimiento] de mí mismo; es prolongar, en otro ente (nuevo y joven), lo que Soy, es un grito —entitativo— por vencer la muerte, aunque no la mía como individuo, sino la de la humanidad. Empero, la manifestación del instinto sexual es la tendencia hacia el otro como el motivo más imperioso de cuantos haya. Es decir, que aunque sea ésa {la re-producción} su finalidad entitativa, la tendencia existencial no es hacia el nuevo ente como tal, sino que a lo que se tiende es a la consumación del acto sexual, al encuentro con el otro, no como medio para la reproducción, sino como fin en la consumación misma del coito. Esta unión sexual (que para el deseo consciente es su finalidad) sólo por inferencia la conocemos como un medio del instinto de conservación; pero para la motivación entitativa que se pone en la existencia, encuentra su motivo sólo en el encuentro con el otro. El deseo sexual es el vitalmente más sublimado, el que con más fuerza me tiende a lo ajeno y el que pretende un encuentro más lejano y más imposible que cualquiera.

El hambre es la más cruda tendencia a lo ajeno, mientras que el deseo sexual es la más fuerte tendencia al ajeno. La primera se tiende hacia su posesión y para su consumo; la segunda, hacia su encuentro y para su disfrute. Ambos manifiestan la insuficiencia de lo que Soy, mi finitud ante la realidad en la que Me muevo y de la que depende mi supervivencia; pero el hambre manifiesta la negación al agotamiento continuo de mi entidad [la negación al desgaste], mientras que el deseo sexual, la negación a la muerte definitiva [la negación al aniquilamiento]. El consumo es la afirmación de la realidad de mi soledad, que reclama de los otros entes el sustento propio; el acto sexual es la búsqueda de su —imposible— superación meta-física, que quiere alcanzar a los entes otros por sí mismos.

El deseo sexual y el hambre son las manifestaciones más graves a la existencia del postulado entitativo; están permanentemente determinando la actitud de lo que somos y determinando lo que me contacta a partir de la búsqueda de su satisfacción. Son, pues, los pilares que sostienen la determinación al acto de lo que Soy, la manera en la que pretendo moverme entre lo otro y lo que de Mí busca su satisfacción en el mundo allende. Si bien el hambre puede ser, en general, más apremiante, es le deseo sexual el que más fácilmente nos arrebata la consciencia [el que más rápidamente se sublima en la existencia] y que impele a su concreción en el momento en el que se encuentra con la ocasión de realizarlo; es más imperioso, mientras que el hambre es más constantemente manifiesto, pero progresivo; al final, cuando se contraponen, es la sexualidad la que domina, incluso hasta la muerte.

El impulso sexual me lanza en pos del otro, de su alcance: el otro me encanta y la manifestación de su existencia ante lo Mío me tiende hacia sí. Pero la tendencia no es hacia el mero enfrentamiento, ni aún a su encuentro, sino que va más allá; el deseo sexual es la manera instintiva en la que se pone de manifiesto su alteridad y se la pretende. Se pretende alcanzar al otro en lo de sí y llenarse de lo que el otro es. No se trata, como los más, de un deseo que se satisface ante un encuentro, sino que la realización del acto sexual apunta hacia más allá de lo que es tangible; no hay, propiamente, una carencia en el cuerpo que deba ser saciada (no hay algo que físicamente me haga falta y que obtenga gracias a ello), ni tampoco se refiere a la seguridad de lo por-venir Mío, ni a ningún enfrentamiento presencial o represencial. La satisfacción —eternamente insatisfecha— del deseo sexual se da en el orgasmo, que es la culminación del sentimiento de plenitud sexual. El orgasmo no es sólo un sentimiento más que con-curre con y como muchos otros a mi existencia, sino que la asalta y la ocupa toda y la desvanece —por lo tanto— de su distinción y de su responsabilidad; es decir que no se trata de un sentimiento que —como todos los demás— se ponga en la existencia y que en su presentación apele a mi entidad y que ésta responda ante ella: no; se trata de uno que en su acaecimiento arrastra a la consciencia consigo y desprecia cualquier apelación o responsividad. Con el orgasmo, la apelación de la consciencia a un Yo —apelación que manifiesta siempre la relatividad de mi entidad respecto de las otras, y que patentiza la existencia de la motivación desde Mí y hacia lo otro— desaparece, quedando sólo el mismo estar y el sentir del otro conmigo. Ocurre, así, por el desvanecimiento de la responsabilidad sin el desvanecimiento de la existencia, el desvanecimiento de la relación Yo-otro, cuya sola manifestación implica ya la separación, pues de otra manera la relatividad [el marco relacional original (de lo otro respecto de Mí)] no tiene sentido ni posibilidad. Así, lo que el orgasmo significa, como culminación del acto sexual, es la posibilidad de superar —aunque por un instante— la individualidad de la existencia y de sentir sólo lo que del otro viene.

La culminación —siempre frustrada e imperiosa— del acto sexual es fundir la entidad mía con la suya en la misma.

La búsqueda del orgasmo no es un imperativo de supervivencia (uno no muere por su falta), pero sí es un imperativo vital (uno no puede renunciar a él). La plenitud de ser que se alcanza en el acto sexual como el desvanecimiento de lo existente significa al postulado entitativo de extensión de lo que Soy, que se da como una comunión con el otro. Esta comunión sexual con el otro no se agota en el mero entrelazamiento de los cuerpos, sino que es un común des-ensimismamiento en el que sólo queda el contacto con el otro como pura sensación sin sensor, por lo tanto, sin un sentido para alguien, sin apelación y sin responsabilidad. Es el abandono de lo que existe para simplemente existir en y con el otro con el que Soy.

La comunión sexual —sobra decirlo— no se da de hecho [no se alcanza en la realidad], sino que es un desvanecimiento de la perenne referencia de todo cuanto me existe a la mismidad existencial por causa y contacto del otro, y que me hace con él una sola sensación. El deseo sexual es, así, una búsqueda de esa comunión, del encuentro con otro para unirme [hacerme uno] con él.

La capacidad reflexiva del humano implica que los deseos vitales trasciendan su motivación instintiva y se manifiesten a la existencia como y hacia las eyecciones especulativas de la posibilidad de lo en el mundo incluyendo, desde luego, las consideraciones de las otras existencias. Es decir, que se manifiesten motivacionalmente significando [dotando de significado a] los objetos de la existencia y que, al mismo tiempo, respondan no sólo a lo que se les presenta en la sensitividad, sino también en la especulación y determinen así no sólo este acto ahora, sino que se presenten como finalidad en el juicio de cada eyección especulativa, translocando y transpresenciando el alcance de lo que apela a mi entidad y, del mismo modo, del tiempo hacia el que se tiende la búsqueda o huida de que se trate la motivación [la tendencia al movimiento] de mi cuerpo.

El deseo sexual, manifestado en la determinación de la consciencia reflexiva, es una impelación al otro en su alteridad, una búsqueda de la unión entre lo de ambos para consagrarse el uno al otro. La tendencia reflexiva producto del hambre es narcisista y su afán es hacia la posesión; en el caso del deseo sexual, se manifiesta a la existencia reflexiva como erotismo y su afán es hacia el amor.

El erotismo es la determinación existencial hacia el encuentro entitativo con lo otro y, de manera más grave, con el otro, y, de manera muy más grave con el otro-humano.

Cuando el erotismo se refiere a lo otro, esto otro es determinado como bello. Las cosas bellas se las quiere tener en lo Mío; su búsqueda no es como tal para encontrarlas, sino para disfrutarlas, para allegarlas a mí (no para incluírmelas, sino para que se hallen conmigo); la manera más eficaz en la que se consigue que lo objetante inhiera a mi entidad es por la contemplación: es percibirlos con la única consigna de apreciarlos en lo que son, de dejarlos llegar hasta lo mío para que lo integren [para que se unan], intento siempre fallido y que ante la ausencia de lo bello son anhelo de su presencia, nostalgia de la existencia colmada de belleza. Los objetos bellos nos llaman sin la pretensión de obtener nada de ellos, sino el disfrute de su belleza misma, aunque no resulte de ésta ninguna consecuencia racional [hacia principios y fines] o no se tenga ningún sentido [ningún desde dónde ni hasta dónde] de su contemplación sino el mismo disfrute; esto es, que es el tiempo en el que se vive con ellos toda su finalidad: se agota la utilidad de la belleza en ella misma. La tendencia hacia lo bello busca lo que se desea no para consumirlo, sino para consagrarse a su disfrute y a dejar que me encuentre la entidad de eso que me llama por su aparición. La atracción hacia lo bello implica la querencia de unirlo a lo que Soy, de conformarse a ello o viceversa para estar siempre en la situación del disfrute. Pero la belleza sigue relativa a la otredad de lo ajeno.

Lo erótico no se mide por parámetros de racionalidad ni de sentido, sino que es un llamado de lo que Soy para recibir al otro en mi seno, para ser más siendo con otro uno solo. Ni el acto ni la tendencia eróticos buscan algo que se siga del acto mismo como para que aplaque el deseo del llegar a la entidad ajena. No hay consecuencias de eso, el interés está de lleno puesto en la propia remontación de la distancia de lo que Soy a lo que es. La tendencia erótica trasciende todo parámetro de razón y de juicio porque el interés en el otro es desinteresado, por el mero disfrute de la entidad del otro.

El erotismo hacia el otro pretende alcanzar su entidad para fundirse con ella y para dedicarse a su ser. Puesto que es imposible que se dé tal alcance entitativamente, la búsqueda tiende hacia lo que del otro se me manifiesta: su existencia, su motivación, su sentir, su pensar y su actuar.

Tratar de alcanzar a alguien en su alteridad implica llegar a su motivación y a su encuentro con lo que lo hace ser como es y determinarse como se determina. No se trata de una consideración, ni responsiva ni de aprendizaje de lo que él es, puesto que no se trata de comprender lo que le pasa. El impulso es al encuentro del otro en su alteridad, no a la presentación de su situación ante mi entidad. Pero la alteridad del otro se halla separada de Mí por mi piel y por la del otro: la tendencia no es alcanzarlo en lo que le está pasando, sino en lo que es fundamento de ese pasaje: la pretensión es encontrarse con la fundamentación de su existencia. Se tiende a la motivación de la persona que se desea, a su propia responsividad por lo que le ocurre de sí mismo y por lo que del mundo lo toca: es llegar a su determinación entitativa.

Pero esta tendencia erótica [este deseo de llegar a unirse con la entidad del otro] no encuentra consumación posible, ni, por lo tanto, satisfacción de su impulso. Es un deseo condenado siempre a la frustración, pero nunca al fracaso. Cualquier intento, cualquier manera en la que se pretenda llegar a ayuntarse con otra entidad terminará en una aproximación fallida, pero que, al fin, constituye un saboreo de su posibilidad y el deseo incesante prueba que es así, aunque en la realidad es imposible. El acercamiento a la entidad del otro, por la aproximación a su existencia e incluso a su cuerpo, es la ilusión que mantiene viva la esperanza, por otro lado instintiva, de realmente alcanzarlo y de realmente fundirse y hacerse lo mismo ese que me ve y Yo que lo veo. Sucede, como dice Levinas, que «se nutre […] de su hambre»1.

El deseo metafísico leviasiano es el erotismo hacia el otro: el esfuerzo por alcanzarlo en su alteridad y llegar, sin embargo, tan sólo a descubrir su imposibilidad. Lo que el otro existe lo existe desde sí, desde su propia soledad y apartamiento y no está al alcance de mis sentidos, ni menos todavía de mi entidad; el inmenso alejamiento de ser aparte uno del otro es insalvable. Ni aún la comunicación lo permite, pues lo que me enfrenta no es el otro, sino el producto de su acción al que Yo tengo que darle el sentido desde Mí.

La amistad y el amor son las actitudes más notorias que manifiestan el erotismo; la primera de ellas con menor fuerza que la segunda. La actitud amistosa es la que tiene un deseo de interés genuino por lo que es del otro y de encuentro con lo que desde sí se llegue a tener. Por lo común, esta atención se limita a algunas personas, en las que se ha reconocido una cierta atracción por la realización de su ser y por eso se pretende el encuentro con su entidad y su motivación. Hay también quien no hace mucha discriminación y que se interesa por la entidad del general de las personas, y esto muy frecuentemente se refleja en una genuina amabilidad. La amistad, pues, lleva a un interés por lo que el amigo es y lo que tiene que decir, se le estima y se pretende tenerlo conmigo y contar con su presencia. Hay un deseo por mantenerse juntos y por alcanzar lo que el otro manifiesta desde sí.

El amor es la más grave tendencia erótica de cuantas haya: es ir en pos de la unificación con el otro de tal manera que se ponga la imposible consecución del ayuntamiento con su entidad, de la unificación y fusión con él por encima de la realización de lo que Soy, o, más bien, como única —o casi única— realización posible.

La tendencia erótica amante es fortísima, pero se enfoca en una sola persona, que es aquella con la que se busca la comunión. El amante se afana en la búsqueda —por siempre fallida— de la unión con quien ama, de compartir la entidad, la motivación, el acto y, en fin, la vida en todo tiempo; hay un empeño por que quien amo sea siempre conmigo y Yo ser siempre con aquél sin distingo, sin separación y sin muda. Se pretende atender siempre lo que es, lo que le pasa, lo que hace, lo que piensa: Todo es un intento fallido por identificarse entrambos y por superar la barrera infranqueable de la piel del otro; ni todos los besos pueden encontrarlos, ni todos lo abrazos fundirlos, ni todos los coitos unificarlos y se siente al final la derrota: la impotencia de los brazos, aunque fuertes y del conocimiento, aunque mucho para superar la solitaria estancia en el mundo y en lo real. Aunque el instinto y el orgasmo nos digan lo contrario: el amor es irrealizable, siempre los amantes serán separados.

El erotismo amoroso, de tan fuerte, también encuentra parcial satisfacción y esperanza en los actos, en las maneras, en las palabras, en la promesas de eternidad del presente en el que, aunque físicamente, se tienen entre sí los amados y se procuran como si efectivamente fueran el mismo. El amor se vive, aunque no se consume jamás, y precisamente por eso: «se nutre de su hambre». Ante la condena al esfuerzo incansable, pero sin esperanza de culminación, es el mismo andar la meta que se persigue, es día tras día encontrarse con el dolor y el anhelo, con la esperanza y la frustración, pero siempre con un motivo que trasciende el alcance interesado de las razones y del sentido.


  1. 1.I.1 “Deseo de lo invisible”. En Totalidad e infinito. p. 58. Levinas, fenomenólogo al fin, no alcanzó a ver que este Deseo de lo metafísico es una manifestación erótica ni que el erotismo es una extensión del instinto sexual.

Y la maldita noche que cae y no se calla; malditos sus ruidos y los rufianes que se cobijan en su manto frío y desalmado. Malditos aullidos.