Explicaciones ontológicas e implicaciones éticas de la soledad

Del significado de ser libre

§ 7.1

Ser libre quiere siempre decir ser libre para ser feliz o más bien, para buscar el Bien.

Libertad es siempre liberación [libertarse]. No se trata de una estancia particular de mi entidad, ni de una propiedad inherente al Yo que se tiene o no se tiene, sino que es una transición de una menor a una mayor potencia para Mi realización: es liberarse de lo que Me disminuye o Me contiene para conseguir la concreción de a lo que me tiende mi entidad, del impulso motivacional del Yo; es decir para concretar en el mundo el bien-estar. Se trata, al final de cuentas, de la condición ontológica —irrenunciable imperativo existencial— de la actualidad, que se manifiesta en la determinación por mí de lo que hago. Esa perenne exigencia entitativa del acto [esa imperiosa exigencia de hacer de lo real lo que me conviene], junto con la condición solitaria en la que se es, es la que me obliga a la realización autónoma de lo que Soy, sin poder escapar de la actualidad de ser y sin poder renunciar a que todo lo que hago Me obedezca.

Todo actuar mío, todo lo que puedo encontrar como consecuencia de mi voluntad, lleva impreso ineludiblemente la marca de lo que Soy, y no sólo eso, cada pensamiento del que soy consciente es ex-presión que mana de la propia entidad hasta alcanzar e irrumpir en la condición existencial, aunque es manifiesto únicamente para mí. Cualquier ética, cualquier moral, no puede sino sustentarse sobre de esto: que soy responsable por lo que Soy. Si bien la realidad de lo ente es algo más allá de mí, algo inasible, algo inalcanzable esto no obsta para encontrarme, sin embargo, situado en la realidad. Pues bien, esta realidad que sólo por sus manifestaciones me es conocida, tiene una repercusión efectiva sobre mí, pero Yo también la tengo sobre ella. Que no pueda cambiar sus leyes naturales, que no pueda contrariar lo que sucede en el mundo, que no pueda, en fin, penetrar en lo que es en ella, no quiere decir que no haya una incidencia desde mí hasta donde está lo demás.

Mis actos [mi incidencia en la realidad] están constreñidos en su determinación consciente por una manera [por mi manera] de saber-entender el mundo, pero no es posible que se actúe con conocimiento total de la forma en la que opera el mundo y de lo que repercute mi actuación: esta es la condición esencial del ser libre: la finitud. Sólo de los entes finitos es dable decir que son libres, pues sólo ellos encuentran para sí obstáculos de los que liberarse; no hay algo así como una absoluta condición de libertad, sino que es siempre relativa a algo: soy libre de tal o cual cosa, pero no es que se obtenga para siempre una liberación en términos entitativos esenciales, sino que tal es siempre relativa a lo que impedía mi realización: liberarse es, así, destruir la impotencia de hacer algo. Empero, es precisamente por la impelación irrenunciable y continua a realizarme —que se manifiesta espontáneamente a lo que existo— que se consuma desde mí la determinación libre de lo que Soy.

La libertad absoluta no debe entenderse como poder realizar cualquier cosa que se me ocurra, sino sólo las que quiero [las que se me presentan como un motivo]. Ser absueltamente libre quiere decir que no haya ningún obstáculo para la consecución de aquello allende Mí que me llama por el deseo manifiesto a mi existencia. Entonces, la liberación se refiere a ser libre de lo que me estorba para conseguir mi realización plena; esto es, se refiere a concretar en el mundo siempre lo bueno y esto significa que no hubiera necesidad de trabajo ni de frustración o fracaso en su alcance. Al fin, ser completamente libre significaría ser completamente soberano del mundo todo; pero la soberanía de mi entidad se agota en lo aquende, y es esta condición autónoma la que puede entenderse, en cierto sentido, como una condición de libertad, pero en este trabajo se hará una distinción precisa entre ambas: la libertad es de lo que estorba a la tendencia a la realización, y la autonomía entitativamente relativa es de la motivación y de la responsabilidad ante lo en la consciencia1.

Como ya se había planteado, hay dos tendencias libertarias contrapuestas, cuya elección se deriva de las instancias del Yo, y que persiguen {ambas} la identificación entre lo que hay en el mundo y mi voluntad para liberar mi impulso realizativo: la una, que pretende cambiar la realidad hasta hacerla a mi voluntad; la otra, que pretende cambiar mi voluntad hasta hacerla a la realidad.

La liberación contra el Yo consiste en encontrar la conformidad de lo propio con lo real-mundano, esto es, pretende estar acorde con la realidad: busca la evasión del sufrimiento por la aniquilación del sufrimiento mismo, y no por el encuentro satisfactorio con su motivo. Se trata de no contrariar lo real con lo deseado para superar el sufrimiento [para conseguir el bien-estar]. En este sentido, somos libres porque nos liberamos del Yo y de sus manifestaciones: de nuestros deseos y de nuestras repulsiones, y nos alejándonos de toda determinación de nuestra actitud que se resuelva en el encuentro con algo allende lo que somos y que, por eso mismo, no está asegurado. Se parte de la sapiencia de que el sufrimiento viene de la frustración y del fracaso del encuentro con el motivo que nos llama y se pretende evitarlo por medio del acallamiento de la estridencia de los motivos y por el dominio sobre el juicio {de agrado o de molestia} de lo que nos pasa, disminuyéndolo, intentando que sea insignificante la ventura o la desventura de lo que no depende de la entidad propia; se pretende renunciar a pretender ser soberano de lo que escapa fácticamente de toda soberanía [del ente ajeno]. Hay la pretensión de ser motivado lo menos por lo que es fuera de la posibilidad de la determinación absoluta desde mí y lo más por lo que es propio y que, por tanto, estoy siempre en poder de conseguirlo.

En el fondo, de lo que se trata es de admitir que la vida con sus acontecimientos y que la realidad de lo ente en general nos es desconocida en su por-venir, por lo menos en lo que se refiere a sus designios más profundos y de que el sufrimiento viene de la tendencia a alcanzar algo a lo que no podemos llegar, a consumir lo que está alejado de nosotros o a estar en una situación en la que no podemos ya o no todavía o nunca podremos estar. Es decir, se busca que lo que nosotros deseemos y lo que hay en el mundo sean lo mismo; y, por lo tanto el reconocimiento de la verdad y de la falsedades son la manera en la que mejor se encuentra la forma en la que se debe procurar tal situación. Esta pretensión se manifiesta muy notablemente en las filosofías socráticas y en los ideales religiosos ascéticos, y viene de reconocer la inexorabilidad de lo que pasa en el mundo respecto de la humana potencia, pues eso pertenece a un orden más grande, en el que no podemos tener mayor incidencia: el mundo es como es y el rechazarlo así sólo conlleva sufrimiento: «El destino conduce al que se somete y arrastra al que se resiste»2, dice Séneca. La solución es con-formarnos con el mundo [adoptar la forma del mundo]. Ya que no podemos modificar la manera en la que el mundo necesariamente se desarrolla; ya que no podemos contrariar a nuestro destino, lo que procede es, para evitar el sufrimiento, controlar nuestros deseos para que no se refieran a algo que no esté en nuestras manos, a algo que se encuentre en la inseguridad de lo que está allende Mí y mi soberanía. El fin, pues de esta manera de entender el mundo es llegar a la autarquía, al gobierno de uno mismo y a la autosuficiencia por medio de la autodeterminación. Y es este punto el que, en este sentido, se concibe la libertad: libre es el hombre capaz de auto-determinarse, el que puede controlar sus deseos y sus apetencias: libertad es liberarse de la esclavitud de los instintos y de los deseos que arrastran al alma humana hacia el sufrimiento, pues, «¿qué puede faltar a quien se coloca fuera de todo deseo? ¿Qué obra externa necesita quien ha recogido todo en sí mismo?»3

No se trata de liberarse de los deseos en el sentido de no tenerlos ya, sino en el de que —y esto se ve muy bien en la concepción estoica— la interpretación de ellos (y de las cosas del mundo) los considere como son en la realidad, esto es, ni buenos ni malos, puesto que la bondad y la maldad ocurren por la apelación a la entidad que los vive y en donde sí cabe esta distinción (por el dolor y por el placer). Esto también puede darse por la renuncia al deleite de lo que se ofrece como tal (para no sufrir con su muy posible pérdida) y con la aceptación de la estancia entre lo precario pero seguro y constante (para no sufrir por la condición que, al final de cuentas, sólo puede ser tal si Yo lo concibo y lo juzgo así).

Al final, en el extremo de esta liberación de los obstáculos para evadir el sufrimiento, se encuentra el ascetismo. Liberarse absolutamente sería —en este polo— el ideal ascético de suprimir completamente las necesidades y, con ellas, los deseos y, con ellos, el sufrimiento por la frustración y por el fracaso: la santidad schopenhaueriana, que termina con los sufrimientos de lo que Soy.

Pero está también la tendencia contraria, la que afirma que lo bueno, la evasión mejor de todo sufrimiento, no está en la supresión de la motivación por temor del inminente fracaso ante la inseguridad de lo allende, sino en entregarse por completo a su consecución siempre con éxito.

La liberación contra el mundo consiste en transformar lo ajeno, en cambiar lo en-torno para que coincida con lo que mis deseos reclaman. Se sigue bajo el mismo postulado, bajo el mismo principio de con-formar las cosas y Mi voluntad, pero en un sentido diametralmente contrario: son las cosas, es el mundo allende el que tiene que modificarse para coincidir con lo que nos apetece; no son nuestros apetitos los que tienen que ceder y verse destruidos, no soy Yo ni mi motivación lo violentado, sino lo real y lo mundano; y no se trata de un mundo que sólo incluye cosas, sino de un mundo en el que también hay personas. Ésta es una segunda concepción de lo que es la libertad: hacer lo que Yo quiero, no de mí mismo, sino del mundo, tal como lo manifiesta Calicles a Sócrates en el Gorgias:

¿Cómo podría ser feliz un hombre si es esclavo de algo? Al contrario, lo bello y lo justo por naturaleza es lo que yo te voy a decir con sinceridad, a saber: el que quiera vivir rectamente debe dejar que sus deseos se hagan tan grandes como sea posible, y no reprimirlos, sino, que, siendo los mayores que sea posible, debe ser capaz de satisfacerlos con decisión e inteligencia y saciarlos con lo que en cada ocasión sea objeto de su deseo.4

La esclavitud (condición contraria a la libertad, en la que se está constreñido al cumplimiento de la realización de otro en vez de la mía) se opone a la felicidad [al bienestar] porque impide que me dedique a la realización propia, que me encuentre con lo que llama a mi motivación y que concrete mis deseos en lo real. La condición materialmente esclava —así tomada en atención a esta concepción del bienestar (y, por lo tanto, de la liberación [de ser libre para alcanzar el bienestar])—, impele a que el sufrimiento se palie por la consecución de todo capricho que ocurra a la existencia, que se satisfaga todo impulso, entre más grande mejor. Se trata de dejarlo que sea más fuerte, tanto cuanto se pueda, para que la satisfacción también lo sea; la virtud consiste en que se pueda hacer a un lado todo cuanto estorbe y en prevalecer mi motivación sin atender al otro, sino sólo en tanto lo otro. Esto es, se dice, conformarse con lo que manda la naturaleza, pero no la del mundo, sino la del Yo.

El mundo tiene que hacerse a los dictados de mi voluntad para paliar el sufrimiento y la búsqueda de que efectivamente así ocurra es la que guía a mi motivación. Pero tal búsqueda es, en sí misma, sufrida, pues el fracaso es inherente al capricho: lo que es en la realidad está fuera de nuestra determinación y, por tanto, escapa del control de mi voluntad. Todo lo que me dicte mi motivación me compete a mí, pero lo del mundo allende permanece inalterado aunque yo sufra por él o aunque lo necesite, lo mismo que si me es indiferente o si disfruto de contemplarlo. Pero mi existencia —que es sensitividad—, en cambio, se hace toda al dictado de la búsqueda y de la tendencia. El deseo mismo es un sentimiento molesto que encuentra alivio con lo allende, de tal manera que la búsqueda del bienestar como la satisfacción de los deseos implica ya la entrega previa al mal de la carencia; entrega, digo, porque el dolor que manifiesta el deseo bien puede no ser juzgado molesto, esto es, que se desatienda la manifestación motivacional de mi entidad. De otro modo, el ímpetu con el que llegue lo de Mí como inclinación al acto sería tal que cada instante en el que se suspenda su consecución sería uno de sufrimiento o de desesperación, si no se vislumbra la posibilidad de conseguirlo. Los concupiscentes, entonces, respecto de la satisfacción del deseo, «se atormentan cuando les falta y se asfixian con su abundancia»5.

De otro lado, este concepto de bienestar (y, por tanto, de libertad), implica que se atienda, si no con exclusividad, sí al menos con primacía a lo aquende por sobre lo allende; es decir, que se tenga una desconsideración por la alteridad, y que sólo se tome en cuenta la situación del otro en tanto otredad y en función de lo que conviene a mi realización. Es decir, que se busca que lo de mí se satisfaga sin considerar lo que sea de los otros (humanos, animales, plantas) sin saber que en ellos existe un mal posible —sólo entendiéndolo—. Esto implicarían que se conociera [que se sintiera en la existencia] que no es el bien-estar general de lo del mundo lo que se consigue, sino una particular satisfacción; por supuesto que, si no se considera la estancia del otro, sino sólo la propia, sí se da el bienestar egoísta pero para que una tal estancia buena perdure hace falta que se consiga otra satisfacción y una más y otra en cada momento.

Este concepto de libertad, pues, tiende a lo real para hacerlo habitable, para hacer sus determinaciones conformes con mi conveniencia y para disponer de lo ajeno que me objeta para mi consumo. Es decir, que esta tendencia busca eminentemente al trabajo y a la posesión, pero con el egoísmo característico de quien así mismo concibe el bienestar: como el trabajo implica desgaste y el desgaste dolor, se busca poseer la capacidad de trabajo de alguien más y disponerla para el cumplimiento de mi motivación: se busca apoderarse [poder disponer incondicionalmente] de lo en el mundo.

Éste es el concepto de la libertad que domina en la civilización occidental contemporánea, la de hacer en el mundo lo que quiera, más, ¿de qué puede servir la libertad de hacer cuando la autonomía del querer está mancillada por los dictados de la moral, de lo social, del mercado, sin consultar a mi entidad y al mundo si es así? Es decir, si no Me interrogo por mi motivación y por la necesidad del mundo de ser como ahora es, ¿cómo es que voy a realizar-me? Se permite {ser libre de} buscar en el mundo mi bienestar, previo dictado de lo que estar bien significa, y significa desconsiderar la alteridad de todo lo ente, significa limitar la atención a la buena estancia a la del Yo desde su motivación egoísta.

De las maneras de ejercicio de esta libertad contra el mundo —la posesión y el trabajo— ya se ha tratado más arriba; de la libertad contra el Yo —la autodeterminación— se trata enseguida.

La autodeterminación

§ 7.2

De lo que se trata aquí es de la libertad como una determinación efectiva de lo humano; es decir, como el constreñimiento de la manera en la que se da el acto que ahora soy por una determinación previa de mi actuación. La reflexión posibilita que se encuentre la posibilidad del mundo sin contactarla efectivamente; ante eso, también se manifiesta la posibilidad de ser yo en la situación posible de lo objetante y de lo sujetante [de la existencia toda] y, desde aquí, desde el ahora en el que me enfrento al la apelación especulativa y respondo por ella, manifiesto la preferencia por lo que me aparece más bueno. De esta manera, lo que Soy manifiesta a lo que existo la posibilidad del mundo que más conviene al bienestar y así, esta decisión se aprende en primer término y, con su ejercicio constante, se incorpora a lo que Soy; esto es, llega a formar parte de la determinación motivacional de mi entidad. Una manera de determinar la actuación es haciendo el pro-pósito de reaccionar de tal manera ante una situación proyectada

La libertad, como posibilidad de que lo que es ahora hubiera sido de otra manera, no existe. En la realidad, todo está determinado por su propia entidad; lo que sucede, sucede porque no pude ser de otra manera. Lo pasado no puede ser cambiado, ni tampoco lo presente; lo que se puede, siempre se puede en un futuro. Cuando se dice que el pasado pudo ser de otra manera, ésta posibilidad sólo se entinte desde un más pasado [desde un momento previo al que hubiera sido distinto], nunca desde sí mismo; pero, para que ese más pasado pudiera ser distinto, hace falta todavía un momento aún más pasado que así lo determine y, en fin, que por lo menos una cosa sea de diferente de lo que es.

En lo real [en lo que es] los entes y su actualidad no pueden ser ni pueden no ser; simplemente son y su entidad no admite negación de sí, pues es su afirmación lo que determina su {acto de} ser mismo. Las posibilidades siempre se presentan ante lo que Soy en la dimensión ontológica existencial {como concepción de lo sensitivo} y, de manera muy más extendida, en la dimensión especulativa de mi entidad: por razonamientos, por pensamientos, por sub-posiciones, por consideraciones y por la apelación que éstos hacen al Yo ente, que responde con la especulación de un mundo posible distinto, por lo general mejor. Cuando esta respuesta se refiere al pasado en un hubiera inefectivo, no puede más que contribuir al mejor conocimiento de lo que el mundo fue y, si es el caso, de lo que Soy por lo que fui; cuando se refiere, en cambio, al futuro, implica la determinación de mi motivación para alcanzar eso bueno, y que, cuando se trata de lo allende, quizá se pueda conseguir con el trabajo, pero, si se refiere a lo aquende, se vuelve una convicción de cómo se debe manifestar mi entidad cuando le suceda efectivamente lo que ahora vive sólo en la especulación. En el primer caso, se determina a la motivación actual y se maniobra para hacer del mundo eso mejor; en el segundo, se determina la motivación posible y se convence a lo que Soy de hacer-se mejor.

Si la libertad es libertarse de lo que impide el bienestar, entonces esa liberación consiste en el aumento de la potencia [de la posibilidad de realizarse] de lo que Soy. Si se concibe la libertad como libertad contra el mundo, el aumento de esta potencia significa que posea más instrumentos y más fuerza para incidir en lo real en mi favor; si, en cambio, se concibe como libertad contra el Yo, el aumento de la potencia significa que se tenga un mayor entendimiento-sapiencia de las rationes y una mejor consideración de lo en el mundo, pues es de esta manera —por la concepción especulativa y sensitiva (que se fundan en las instancias de lo que Soy)— como consigo auto-determinarme más allá del impulso inmediato.

La posibilidad, aunque tenga como referencia última a lo que hay en la realidad, sólo acaece en el campo del conocimiento; no hay entidad posible, sino entidad actual, la posibilidad de lo entitativo, para darse, tiene que existir en el conocimiento [en la consciencia] y, así, no se trata ya de la dimensión entitativa. El principio de no contradicción es un principio epistémico porque es un principio ontológico. Los entes son en un eterno presente, no hay la posibilidad de que ahora salgan de su ser para contrariarse ahora. Así, carece de sentido el hablar de la posibilidad en tanto se atienda a la mera entidad; los entes son como son y se manifiestan desde lo que son, y no es posible ser {en presente} de otra manera. La libertad no se juega en la posibilidad de escapar a lo que Soy, no se juega en el no ser yo: se juega en el ser yo de diferente manera. Tener libertad [carecer de obstáculos] para determinarse no significa hacerse espontáneamente otro con las disposiciones que se imagine, sino auto-determinarse en la actuación a partir de la consideración especulativa de una mejor o menos-peor posibilidad de Mí o del mundo. Tal autodeterminación se consigue sólo a partir de la dimensión especulativa, por lo que es particular de la humanidad.

Es la consciencia [el conocimiento] de lo que se discierne la que permite que se dé la libertad. Es por la capacidad de representar imaginativamente ante lo que Soy las posibilidades del mundo y de mí mismo para que se incline por alguna en la que encuentre un bien mayor que me determino a conseguir la realización de ese mundo mejor: La dimensión especulativa me permite que sea apelado en el mismo tiempo por varios mundos posibles, de los cuales todos suelen implicar así sufrimiento como gozo (si bien en diferente grado y asociados a diferentes situaciones); esto conlleva el discernimiento de lo que hago para bien y para mal. Es así que entre más elementos tenga para formarme un panorama mayor de la posibilidad Mía, del mundo y de los otros, más posibilidades apelarán a mi discernimiento de lo bueno [de lo que se busca porque lleva al bienestar] y lo malo [de lo que se huye porque lleva al malestar]. En este sentido, de lo que hay que liberarse es de la ignorancia de lo que existe, pues es ella la que no me permite manifestar lo que Soy plenamente en mi realización, pues, entre menos posibilidades pondere, menos se puede indicar a la existencia lo que realmente quiero, lo que realmente está bien: el conocimiento del mundo, para quien tiene dignidad, tiene como propósito encontrar el Bien de lo real y de la situación en la que Soy; si es otro el caso, entonces se busca por mero pragmatismo o por gusto ingenuo.

Lo que puedo así determinar de lo que Soy es la manera en la que se manifiesta hacia lo real, que es lo que se determina por el concurso de la consciencia [del conocimiento], pero no lo aquende la existencia, Soy. Si hacerse libre es llegar a tal situación que permita hacer lo que Yo quiero (y así ser libre se convierte en sinónimo ser gozoso), entonces se necesita deshacerse de lo que le estorba para alcanzar Mi realización [para hacerse real] (en el caso de la libertad contra el mundo, de lo que impide el encuentro con lo que deseo; en el de la libertad contra el Yo, de determinar, por el entendimiento-sapiencia lo que realmente quiero). Pero el fundamento de lo que se quiera o se desprecie no es libre: la querencia es una manifestación de lo que Soy ante lo que se le presenta y, por tanto, depende de mi entidad, esa que permanece en la obscuridad inconsciente, en la dimensión entitativa, allende todo lo que puedo concebir: me puedo liberar para hacer lo que quiero, pero no para querer lo que quiero; o, con otras palabras: me puedo liberar de la situación* que me constriñe, pero no puedo liberarme de ser que Soy*.

Estamos ineludiblemente encerrados en nosotros mismos, condenados a ser sólo lo que somos, a encontrarnos siempre en y con lo de Mí, con nuestra humanidad; estamos, pues, constreñidos a estar en un mundo y a tender hacia lo allende, estamos constreñidos a actuar (estar ahora postrado en una cama es ya actual). Esto es: estamos condenados a existir temporales y a ser siempre presentes. Y lo anterior significa que estamos condenados a decidir nuestra actuación; estar condenado significa que yo solo tengo que actuar y que nadie más puede sobre lo que Yo hago. No obstante que los motivos de mi motivación y las condiciones para obtenerlos sean impuestos por lo además de mí, siempre, para que tengan incidencia efectiva sobre la actualidad del cuerpo que Soy, es necesario que estén ya en lo Mío. Esto significa que estoy condenado, de cualquier manera, a la autonomía. La autodeterminación, significa un paso más allá en la resolución del movimiento por el que realizo lo que Soy; es liberar esta autonomía [este espacio en el que lo de Mí y sólo ello me puede impulsar a resolverme o no a la actuación] de la casualidad veleidosa de lo que me toca, del azaroso encuentro sensitivo con lo que llama a mi entidad, y le permite, por la especulación, encontrarse con el mundo en sus rationes y en sus situaciones muy más allá de lo sensitivamente patente.

Yo, como un ente en lo real, soy agente [algo que hace]. Pero todas las decisiones que tome —y, en el fondo, todo lo que yo haga— tienen su origen en mí solamente. No se trata de que lo además, lo que me acontece, lo que todos los otros hacen, las circunstancias en las que me encuentro y en las que me he encontrado en toda la vida no influyan, no tengan incidencia en lo que yo Soy; efectivamente, la tienen, pero no en cada momento de mi actualidad en el que hago**. Cualquier movimiento que yo actúe, cualquier cosa de la que yo sea agente, tiene su origen completamente en mí, está determinado completamente desde Mí.

Incluso si suponemos que todas las determinaciones motivacionales conscientes han sido puestas ahí, sin más trámite, totalmente por lo allende, y que el mí mismo se haya formado únicamente a partir de imitaciones y de encuentros con lo demás, sin jamás haber considerado desde mí la situación propia, de lo otro o del otro; en el caso, digamos, de una persona que hace todo para agradar a las demás y que jamás se pregunta a sí mismo qué es lo que quiere, ni qué es lo que le disgusta, sino que todo lo que hace lo hace para acomodarse entre lo que se le presenta, incluso en ese caso, lo que determina cada acción soy yo mismo. Nunca lo que termina resolviendo mi actuación es el hecho de que algún otro lo haga y lo haya hecho, sino que lo que me impele al movimiento actual es siempre la convicción que está en mí de que eso es lo que debo hacer (y no la que está en otros).

Lo que me hace actuar en cada caso de determinada manera y no de otra es siempre una convicción íntima, pero éstas nunca son innatas (innatas son las inclinaciones, las tendencias: las disposiciones biológicas), nunca puede haber una convicción sin el concurso de las vivencias que he tenido, de mi historia. Empero, nunca puede hablarse tampoco de una absoluta imposición, sino que se conjugan los factores, para que algo anide en lo que Soy es necesario que encuentre una disposición para aceptarlo; hay desde luego, disposiciones que trascienden cualquier particularidad, y que aparecen en todo humano, como el huir de lo doloroso, el buscar lo placentero, la necesidad del alimento y de la cópula, etcétera, y, por lo tanto, puede decirse que hay condiciones ambientales-sociales que implican, para todos, la misma convicción íntima —lo cual es empíricamente falso—, pero, aunque eso se aceptara, de lo que se trata es de la determinación del acto este, del movimiento que el cuerpo que Soy está a punto de realizar por la impelación de la motivación, que parte de lo que conozco y de lo que respondo ante la apelación de lo conocido.

Nada de lo que esté en el mundo, por el sólo hecho de estar en él, tiene incidencia en mi comportamiento; ni aún si la persona que amo y por la que soy capaz del mayor sacrificio muere y su entidad es aniquilada, ni aún eso va a determinar por sólo haber sucedido, a mi motivación: sólo si tal situación enfrenta como conocimiento a lo que Soy merece de mi entidad una respuesta; aun si en este momento se alza en armas todo mi país, mientras no se incluya en lo que Soy esa noticia, mi entidad no será motivada por ello. Y más todavía: aunque se me esté apuntando con un arma exigiéndome que diga o que haga algo, ni mis labios ni mis músculos ejecutarán acto alguno siguiendo las motivaciones y las tendencias suyas, sino que es necesario que yo y que mi motivación los impelan y los determinen a que lo hagan (aunque haya sido obligado a hacerlo)6. E incluso es así cuando se trata de los movimientos reflejos o fisiológicos, pues son un movimiento que está determinado por lo que yo Soy, no es una determinación de todo lo ente en tanto totalidad, sino del Yo-ente; si yo digiero lo que como, es porque la digestión es una determinación de lo que Soy (una piedra no digiere en absoluto, ni otro animal puede digerir lo que está en Mí). Esto, pues, es la autonomía relativa, que es condición de lo humano.

Así, como se ve, la libertad no se da de hecho, pero lo que sí es posible es encontrarse con la manera de pre-determinarse. No se trata de que en el momento en el que yo me enfrente con determinadas circunstancias pueda o no dejar de manifestarme como Soy (eso es ineludible), sino que, en el momento en el que me enfrente con alguna situación sobre la que yo había proyectado mi actuación (a partir del discernimiento especulativo), en ese momento, la determinación previa, que ya se ha aprendido e, incluso, incorporado a mi Yo, se restituye a mi consciencia, en la que se determina la manera de realizarme en lo extensivo. Aunque, por supuesto, no hay una o unas determinaciones que con exclusividad se restituyan, sino que la restitución lo es de todo lo histórico asociado con lo que me pasa, con lo que apela a mi entidad. No es otra cosa en la que consiste la educación moral de los niños: principalmente, es incorporarles un temor que los determine contra lo que está moralmente mal y que no debe hacerse y, de otro lado, una inclinación que los determine hacia lo que está, moralmente, bien hecho.


  1. Es decir que, en cuanto que condición entitativa, lo que suele mentarse por “libertad” (el poder sólo desde sí determinar el acto propio) se denominará “autonomía relativa”; en tanto que por “libertad” se referirá al ejercicio libertario.

  2. «Fata volentem ducunt, nolentem trahunt» — Séneca, Lucio Anneo. Epístolas Morales a Lucilio, “Epístola XVIII”, 4.

  3. Séneca, Lucio Anneo. De la vida bienaventurada. XVI, 3.

  4. Platón. Gorgias, 492a.

  5. Séneca. De la vida bienaventurada. XIV, 1.

  6. Es pertinente aclarar que aquí no se está haciendo un juicio de valor sobre si se debe o no ceder o si lo que sucede en tales o cuales circunstancias es siquiera juzgable, sino que sólo se busca dejar muy en claro un punto crucial para entender lo que sigue.

Simples idiotas fabricados por estructuras enajenantes, injustas y enfermas de bajeza y de humillación. Pero es la estupidez lo fundamental.