Escritos literarios ❦ Marlon OB https://marlonob.info Escritos literarios por Marlon Orozco Baños es-mx /imgs/logos/manati.svg Escritos literarios / RSS ❦ Marlon OB https://marlonob.info <![CDATA[La luz de estos días]]> https://marlonob.info/m/r63966 Recostado en el pasto, o en la arena… Tantas cosas hay, y tanto el tiempo ajeno. Si se pudiera capturar, si pudiera robármelo, y que fuera todo para mí; solito yo, solito siempre.

No son las palmeras, ni las olas que rompen indiferentes y juguetonas, ni el estómago lleno, digiriendo vidas que no le corresponden (soles de otros tiempos): Es la disolución que, escondida en el imperceptible instante, avanza impávida y serena, saboreando su ser la única eternidad. Es eso lo que hace al día sonriente; este día de hoy, con todas sus luces. Y nosotros, entes decadentes, persiguiendo ingenuos la luz; la de una mueca afirmadora o la de un postre… volcados todos a las pocas ventanas que se abren de la piel al infinito grosero de la impertenencia, a la irrecuperable cavidad de una madre.

¿Serán las pantallas la luz de estos días?, ¿será su fulgor la ilusión de la ternura, el espacio de la cabida, la carne de otra carne? La digestión agónica de lo metafísico, la inanición fatídica de nos, fantasmas resignados, pneumas estancados.

Albricias, sin embargo; pues los colores no nos han abandonado, y los amores nos ignoran por pura vanidad, y en ella han de ahogarse, ¡desdichados!, sabiéndose minúsculos y creyéndose dueños de lo inexistente.

]]>
https://marlonob.info/m/r63966 Arrebatos 2017-05-18
<![CDATA[Desencuentrito]]> https://marlonob.info/m/c51909 Estaba sentado en el comedor. Ya llevaba ahí más de dos horas: mirando la puerta, deseando que fuera de cristal para poder contemplar el ocaso que sabía que sucedía, deseando que el mundo que estaba todo allá afuera le cupiera aquí, que las calles, las casas y los edificios inertes estuvieran a un paso, que todos los lugares en los que pudiera buscarla lo rodearan: La casa de sus padres, la librería, ¿la escuela?, los cafés pretenciosos que de repente le gustan, las banquetas frías… las banquetas quemantes, duras, las paredes raspantes, las puertas cerradas, las luces apagadas en las noches… las gentes «¡Oh, malditas las gentes!» Los hombres que además de él tenían boca para hablarle, los que podían, como él no, ser frívolos y hacerla reír; ser lisonjeros y hacerla sonrojar; ser falsos y prometerle felicidad. «¡Oh, malditos ellos! ¿O maldito yo?»

«Sola: Cada vez que no está conmigo está sola…»

Ella, mientras, caminaba, pensando en que debería haber comprado esa bicicleta que vio barata el otro día, pero que de cualquier forma quizá no se habría atrevido a aprender a andar en ella. No sabía a dónde ir, sólo caminar quería, sólo no pensar en las tonterías que últimamente le llegan a la imaginación cuando está sola, cansada, en su cuarto, en su cama, ésas que a veces le llenan los ojos de lágrimas y el rostro de rubor y la boca del estómago de cosquillas y la garganta de náusea. Pero ninguno de los lugares en los que pensaba eran buenos, no así de buenos… Terminó por quedarse en el parque, sentada en una banca, viendo cómo los niños (¿13 años?) jugaban y peleaban futbol, y escuchando cómo los pájaros y los perros lamentaban su hambre y vivían… pero pocos minutos después su rostro comenzaba a enrojecer.

«Si ese día no hubiera escuchado sus palabras, si su rostro no me sonriera como sonríe…»

¿Y qué pretexto le serviría si se llegare a presentar en cualquiera de esos lugares?, ¿y qué explicación le daría si, cuando al fin que la encontrare, ella se enterare de que la estuvo buscando en los otros lugares? Igual ya; igual y si no puede hablarle de frente, ¿qué caso tiene? Es igual, ¿no?, ¿pasar el resto de la tarde, de la semana, de la existencia con ella ó solo ó con quién sé yo? Igual. Y qué si su rostro es hermoso, si su alma es tersa y cálida, si su voz… o si su pelo…; ¿no habrá acaso otros rostros tan hermosos, otras almas tersas, otras voces y otros pelos? Y sin embargo pareciera que no: no igual ni en la misma proporción, ni de la misma manera, ni será ese tiempo este tiempo: éste es su tiempo, ¿Y quién se va a atrever a arrebatárselo?… «¿yo ó la espera?». Sus manos temblaron y sus párpados comenzaron a pesarle… mucho.

«Y con tantos asuntos pendientes: ¿No tenía yo que leer un libro…?, ¿cuál?»

No estaba segura de si el frío había dominado el ambiente o si el calor había dejado, poco a poco, su cuerpo; pero de pronto se encontró temblando en la cima de una resbaladilla abrazando sus pantorrillas con la barbilla recargada en sus rodillas, y con su cabello revoloteando indeciso, haciéndole cosquillas en el rostro. Mala idea le pareció ahora haberse subido: ridícula, ¿patética? Bueno, ¿y qué? Por lo menos, por lo menos, por lo menos estaba en un lugar que ella había escogido, haciendo algo —pensar en él— que ella, ciertamente, no había escogido, pero que era lo que ella era. Mientras, los perros seguían en lo suyo: rasgando bolsas, mirando tristes al horizonte, haciéndose a un lado cuando se acercaba una persona, ofreciendo sus narices al viento en espera de buenas noticias… pero difícilmente las buenas noticias llegan así: hay que seguir caminando. Hubo más frío, y ella se abrazó a sí misma con todas sus fuerzas.

«Ser lo que se es, ¿acaso alguien puede evitarlo?; pero hacer lo que se es, ¿acaso alguien puede conseguirlo?»

Decidió entonces él que no podía seguir con eso: no había sensatez en ser un cobarde enamorado, pero tampoco en estrujarse las entrañas si su valor de buscarla ya no le iba a llegar. Mejor era distraerse: salir a caminar, visitar los lugares a los que ella nunca iría: las vías del tren, el tianguis a la hora que todos levantan sus puestos, o quedarse parado en los treinta centímetros de banqueta que hay en los pasos a desnivel…

Decidió entonces ella que los días eran muy cortos y que éste era su tiempo; «puede que lleguen otros tiempos o que este tiempo mío se extienda eternamente, pero el que estoy segura de que me pertenece no lo voy a pasar esperando». Y pensó en los lugares en que podría encontrarlo sin que fuera demasiado obvio que lo buscaba… tal vez ya no iba por todo su tiempo, tal vez ya sólo quería el tiempo de esta tarde moribunda, de esta noche naciente… escuchar su voz, sentir su mirada… tal vez…

Y sí, los dos caminaron en direcciones opuestas: él hacia las vías que cruzan el parque, y ella hacia cualquier calle del centro. Los dos buscaban algo impreciso: un horizonte o una coincidencia feliz. Al mismo tiempo tenían miedo de verse y de no verse; uno de esos miedos que sólo los provoca el agujero negro de la otredad. Ella de pronto levantó la vista y lo vio acercándose mirando al suelo… y pasar junto a ella: «¡Espera!».

—¡Espera! —dijo, sin darse cuenta de que su temblor se detuvo.

—¡Hola! —respondió él, sin darse cuenta de que sus ojos sonrieron mientras intentaba reprimir la sonrisa de sus labios.

El corazón de los dos se aceleró y ambos evitaban que sus miradas se cruzaran con los ojos del otro: no fuera a ser que se delataran. «¡Feliz coincidencia!», pensaron los dos. Los pies de ella comenzaron a juguetear con el suelo, y las manos de él hicieron lo propio guardadas en los bolsillos de su sudadera. Hablaron de frivolidades en medio de la banqueta, y en medio también de silencios y frases entrecortadas por el nerviosismo, por la inseguridad, por la amenaza: se habían agotado los pretextos para encontrarse casualmente; la última vez había sido hacía ya casi dos semanas: de ahora en adelante tendrían que confesar su voluntad de estar juntos o depender de cada vez más imposibles coincidencias felices.

Él no pudo ya pensar en nada más que en las formas hipnóticas de su cabello y en cómo caía sobre su rostro, y sintió ganas incontenibles de sujetar su cabeza, acariciarla y sentirla contra su pecho por días y días que rehusaran el poder ser cuantificados, y entonces sintió miedo y ganas de llorar

—Y, ¿adónde ibas? —dijo él de golpe, intentando alejar los sentimientos de su pecho.

Ella sintió esas palabras como una despedida. Miró su cuello y luego buscó ver sus manos, que seguían escondidas en la sudadera, peleando con la tela. No supo qué decir, qué hacer para quererlo ahora, para tener su(s) tarde, su(s) noche, para capturar las palabras de él y hacer que la acompañaran, y que siempre la hicieran sentir como aquellas veces, para tener su mirada, su calor… ¡maldito frío, malditos nervios!, ¿por qué?

—Pues, a mi casa… ¿y tú?

—Sólo iba por algo para cenar… y creo que me perdí un poco; es difícil encontrar algo bueno, ¿no?

—Sí.

Él sintió esas palabras como una despedida. Los cosquilleos en el pecho y en los brazos llegaron hasta sus ojos: todo emblanqueció, y perdió sus fuerzas, estuvo a punto de desfallecer, pero sus labios permanecieron sellados; su mirada se perdió y ella, viéndolo tan serio, sintió que ésta podría ser la última vez que se vieran en todo el tiempo que le quede al mundo. «No», se dijo, «no».

Se acercó un paso y lo abrazó tímidamente. Él sintió sus brazos, su pecho, su pelo, y fue feliz; y la abrazó también, y juntó su frente con la suya, y, por un breve instante, cerró lo ojos. Cuando los abrió, seguían en medio de la banqueta y el pasaje de la gente lo devolvió al mundo; se alejó un paso y la miró mientras ella, convulsa entre la inseguridad, el miedo a la muerte y la ingenuidad de la esperanza dijo

—A ver cuándo nos vemos.

Él, igualmente temeroso y descreído de la vida, convencido desde niño de que nadie tiene derecho a la felicidad, respondió

—A ver cuándo…

Y se hicieron una seña con la mano y continuaron su camino ahora sin sentido, ¿por cuánto tiempo? No lo supe yo. No supe yo ya nada de lo que pasó. Probablemente al día siguiente se encontraron, se llamaron por teléfono, se amaron y desamaron hasta la muerte; probablemente suspiraron cinco meses y se volvieron a encontrar cada uno con amigos nuevos y viejos, y dos veces más hablaron en la vida. Yo no supe porque yo morí en ese momento, me deshice cuando sus pies comenzaron a encaminarlos nuevamente, mientras los dos trataban de deshacer el nudo de su garganta y juntaban fuerza de lugares desconocidos para no caer de rodillas y dejar que la baqueta cargara el peso muerto que se sentían ser.

]]>
https://marlonob.info/m/c51909 Cuentos 2013-12-04
<![CDATA[Embrujos]]> https://marlonob.info/m/r30098 A veces las calles mantienen con ellas, permeadas en su color y en su tierra, no sólo a los pasos, sino a las figuras enteras que soportaron alguna vez. Los movimientos y los vientos reviven de aquellas noches y tardes, y acosan desde sus presencias imponentes, estoicas, coloridas.

Los fantasmas quedan adheridos a los muros, a los concretos y a los asfaltos. Las palabras y las risas vuelven a oírse; los colores de las ropas, a verse… la frescura de la noche sentados en un columpio, la desaparición de la palabra “mañana”. La gente sin miedo de lo que escucha, ¿adónde se ha ido ahora? ¿Habremos cambiado de lugar o habremos cambiado de miedo?

Columpios
Columpios

Hay en esta ciudad muchos sitios embrujados.

]]>
https://marlonob.info/m/r30098 Arrebatos 2013-06-03
<![CDATA[Un lector]]> https://marlonob.info/m/c86185 Se despertó y pensó. Caminó despacio, fue al baño, se lavó los dientes, desayunó y se lavó los dientes otra vez. Ojeó el periódico: nada interesante ahí. Un baño, ropa limpia; al sillón. «vivir», pensó, y al hacerlo se encendieron las velas que dan calor a su pecho. Miró sus manos las sintió fuera de sitio. Se acercó a su librero y con cuidado seleccionó lo que sería su próxima aventura, su siguiente experiencia de humanidad. Acarició el lomo y saboreó el exquisito olor de la piel. Ya sentado, lo abrió con delicadeza y trató de penetrar suavemente en la página de la portada: se trataba de un nacimiento y cualquier cuidado era poco para conservar la pureza y asegurar un arribo tranquilo a este mundo nuevo: el suyo, el del que está sentado en el sillón y aprecia el olor de la piel y la suavidad del papel.

Posó sus ojos sobre las líneas y comenzó a creerse en otro lado y a ser otra persona; comenzó a caminar por calles peligrosas e inseguras, sintió el terror cuando era jalado de su brazo hacia un rincón obscuro, sintió su alma desgarrada y conoció la maldad humana que acecha la inocencia de su presa. Vivió y declarose conquistador de la humanidad de los humanos. Mientras sus manos, sudadas, se aferraban a la textura suave de las pastas, los bloques de letras a los que aferraba su vista eran cada vez más dulces y un mundo de colores invisibles llenaba el papel que con atención seguía blanco, pero que al menor descuido era un arcoiris de colores pastel.

Vivió. Vaya que vivió… conoció todo lo conocible y dijo a sus compañeros que lo escuchaban en el café todo lo que hay que decir sobre la vida y el mundo. Aconsejó desde sus libros, tomó decisiones, no vaciló en dedicar su tiempo a estudiar qué era tan maravilloso respecto de vivir mientras estás sentado en un sillón y ya sólo le preocupaba el mundo de sus necias fantasías más, mucho más que por el mundo de sus necios dolores, de su sucia y estorbosa carne. Y aunque parezca increíble, había a quienes les interesaba saber sus elucubraciones. Un día, con poca fortuna, hasta se atrevió a replicar análogamente la experiencia de su vida-vida.

Toda su vivienda era un cuarto. Dormía en una colchoneta y tenía por muebles sólo una mesa de madera rústica y el sillón más cómodo que haya podido encontrar. Todas las paredes estaban cubiertas de libros y algunos que ya no cabían formaban pilas en el piso. Su cuerpo era magro, pero para él sólo significaba el pretexto maldito para poder seguir leyendo. Si había un pecado original por el que estábamos pagando, el castigo era sin duda, tener que hacer funcionar los riñones, el estómago, el corazón, el hígado. No necesito un corazón para sentir amor, ni necesito un estómago para sentir la muerte, ni necesito amar para amar, ni ser amado para sentirme amado. No tengo que caminar para caminar, nada tengo que hacer para hacerlo. Nada necesito…

Así pensó y así lo hizo. El aire pesado de su cuarto casi le adormecía los ojos cuando lo decidió: comenzaría a deshacerse de su cuerpo… poco a poco lo iría mutilando hasta quedar sólo sus ojos «Es lo que veo todo lo que soy». Tomó el cuchillo de sobre la mesa y lo enterró en su rodilla izquierda. Entonces, un grito de inmenso dolor se apoderó del cuarto y los ecos ocuparon todo el espacio de habitación durante dos segundos. Repentinamente, volteó hacia sus libros intrigado ¿Qué clase de dolor era este que ninguna lectura lo había prevenido para vivirlo? para vivirlo… ¿En qué clase de momento se encontraba que el foco único del ser estaba en su pierna? Momento maldito en el que había sentido cómo todo pensamiento se desvanecía en nada y toda su mente era ocupada por el dolor y el ardor… y la sangre, cuánta sangre.

Al rato llegaron los paramédicos. Su vecina los había llamado luego del grito que había tenido, ése sí, como un parto. Su cuerpo estaba casi frío y él apenas consciente balbuceaba tratando de hacer una pregunta corta que sus labios ya jamás articularían: “¿Cómo?”. Luego ya sólo sintió el calor del cuerpo del enfermero que lo abrazaba par subirlo a la camilla y el de sus manos que le levantaban la mirada para encontrarse con la suya y para hacerle una indicación imposible: “Quédese conmigo”. Simplemente cerró los ojos y su último pensamiento fue “amor…”.

]]>
https://marlonob.info/m/c86185 Cuentos 2013-01-26
<![CDATA[Visita]]> https://marlonob.info/m/r25232 Hilary Duff vino a visitarme en sueños y su visita me revertió el mundo en el de adoloescente. Sus palabras llegaban y se depositaban en mi realidad con la fuerza que éstas sólo llegan a tener en la plena consciencia y el crecimiento —irrenunciable, por lo demás, en esos años— conjugados. Sí, crecimiento, señores, cada día nuevas y más conexiones neuronales…

Yo la miraba de la manera en la que se mira a un héroe, y ella me rechazó sin darse cuenta de mi admiración, tan esforzada que estaba en ser sí y en decirme lo de sí… pero si no lo hubiera estado, si me hubiera dejado tomar el control, entonces todo habría terminado mal, porque yo me detesto a mí mismo; no es por despertar compasiones u odios, es como es. Y su mundo estaba lleno de cosas que al mismo tiempo me hacían sufrir como pocas veces y se revestían de la solemnidad más sagrada; magnánimo y virtuoso me sentía de saber lo de sí y sufrir y callar y querer que fuera cierto, con tal de que siguiera ella‐siendo.

Sus palabras quedaron en mí, y no sólo sus palabras: un poco de mi propia adolescencia también volvió: la tragedia como elogio, el único posible, de la vida.

Después, el sueño negro todo lo cubrió y al despertar vino la confesión: ésta es mi realidad, aquí es donde debo encarnar todas las palabras. Y así ha sido, por un tiempo que todavía perdura, no sé por cuanto más.

]]>
https://marlonob.info/m/r25232 Arrebatos 2012-04-03
<![CDATA[Las cosas tienen destino]]> https://marlonob.info/m/r19694 Hay un destino que comparten todas mis cosas, las que me pertenecen y que se encuentran en situación de in‐reconocimiento, es decir, que cuando se cruzan en mi camino provocan apenas un leve recuerdo además de una gran extrañeza. Cuando eso pasa las tomo, las observo, atesoro su color y su aroma, mis ojos las acarician por última vez, leo su texto —si existe— y pasan un tiempo en un rincón especial, en un limbo del deshecho. A veces es una caja, a veces una bolsa, a veces sólo un montoncito aparte en un sitio reconocible como ese limbo. Las guardo para no deshacerme de ellas, porque no soy capaz, luego del idilio que les comento, de dejarlas ir, de aceptar que ya no van a estar disponibles como ahora lo están, que ya no van a ser mías como ahora lo son… Se quedan ahí, esperando el destino inevitable; y es que no soy capaz de recordar una sola cosa que haya vuelto de este confinamiento; francamente no creo que la vaya a haber nunca. Luego de un tiempo, cunado el lugar que les fue asignado aparece él mismo como extrañeza de mi habitación, todo es desechado sin miramientos, sin preguntas, con la absoluta certeza de que todo lo que ahí se encuentra me ha dado todo lo que puede darme, que le he arrebatado todo lo que de ello quiero que constituya un recuerdo en mi vida. Y esa certeza me sirve para tirarlo todo, sin más.

Mientras, puedo observar a mi izquierda ese montículo de papeles y de cosas como un monumento cambiante pero perenne a mi cobardía, a mi apego a la seguridad (de tener, de haber olvidado). Alguna vez debería poder hacerse un limbo de deshecho de sentimientos, de lugares, de personas. Pero eso no es posible: por hoy, sólo queda dormir.

]]>
https://marlonob.info/m/r19694 Arrebatos 2012-01-11
<![CDATA[…vida suficiente]]> https://marlonob.info/m/r83793 No hay ningún sentimiento que el arte provoque que no se pueda desatar, más verdadera e intensamente, en la vida concreta (en la vida del cuerpo pesado, de la carne hedionda, del contacto con el ser), esta vida que ahora se consume sentados en sillones y admirando el paso de efímeras imágenes por una pantalla. Hay, sin embargo quien afirma lo contrario y dice que el arte nos muestra lo que no podemos vivir, y que nos hace, gracias a eso, más y mejores humanos: Quienes lo dicen no tienen vida suficiente.

]]>
https://marlonob.info/m/r83793 Arrebatos 2011-12-06
<![CDATA[una noche]]> https://marlonob.info/m/r79720 Aparentemente había caído dormida; su cabello se veía suave y bajaba simétrico formando una curva hacia el final. Boca abajo en el sillón, no se veía su cara, sólo su espalda cubierta casi toda por la blusa color azul con la que llegó, con la que saludó a todos con esa sonrisa.

Nadie le preguntó a ella qué es lo que quería, ni tampoco le preguntaron si quería que se lo preguntaran; todos la vieron y sonrieron. Cuando caminaba la seguían con la mirada, imaginaban cosas, deseaban y odiaban lo que veían —ve-í-an—. Con su blusa azul, su mirada coqueta y unos muslos tímidos al fin se sentó, casi en el mismo lugar que ocupa ahora, casi con la misma ropa que tiene ahora. Aparentemente, había llegado gustosa y sonreído a todos.

Luego la noche se calmó, vino el silencio y la obscuridad.

]]>
https://marlonob.info/m/r79720 Arrebatos 2011-11-29
<![CDATA[un día]]> https://marlonob.info/m/r20637 El encanto de sus majestuosos jardines, la belleza súper humana de sus esculturas y el absoluto buen gusto de sus ventanales. Incansables bardas perimetrales, olores exquisitos, infinitos correres de noche y de día. Maldiciones sumarias y risas enervandas. Mentes felices en rostros distanciados, anestesiados, sujetos por la mole silente de sus cuerpos; con ropa o sin ella, con vergüenza o sin ella, con voluntad o sin ella… todos en los múltiples sillones de piel negra sin saber lo que son ni por qué no están en otro lado.

No saludan y se van… termina otra noche (¿otro día?), una más de todas las que le quedan de vida.

]]>
https://marlonob.info/m/r20637 Arrebatos 2011-11-28
<![CDATA[Ojos cálidos]]> https://marlonob.info/m/c79033 No está bien, no está permitido que los escándalos… no está bien, nunca debió cruzar la calle, abrir la puerta, mirarlo a los ojos y desvanecer su presencia del tiempo en que su cuerpo le imploraba “¿qué está pasando?: déjame vivir” No por mucho tiempo, ya no se levantó, ya no volvió a mirarlo “¿Estás ahí?” debes estarlo, si te veo en esa piel que tienes, en esas manos suaves que por mí no lo son más… pero siempre serán suaves.

Alguien le quiso explicar que el mundo era más grande de lo que él pensaba, de lo que ella pensaba, más grande que todos los pensamientos que alguna vez tendrá y, aun así, mundo pequeño en el que poco se puede esconder, en el que incluso lo que se esconde para sí mismo es claro paro los otros que no hacen sino violarte con la mirada, se aparecen y ahí están, te miran: te tienen, te encierran, te hacen, ¡sí!, y te hacen estúpido te hacen sin valor te hacen como tú haces con la sombra que se ha arrastrado detrás de ti, que no es tuya, que no tiene rostro, sólo silueta. Te hacen objeto; comienzan con la mirada, pero siempre terminas por ser suyo, por hacerte a lo suyo, por quererte a lo suyo, por mirarte a lo suyo…

Animal, silueta errante, fatigada, perdida que caminas. Ornato fantástico que con la gracia de tus formas redimes el calor que hay en tu rostro, en tus pies. Estorbo, presencia imborrable que puede ser mancillada para extinguirla, que como no se extingue será más y peor vejada. Testigo callado que como estatua que respira atiendes a la muestra magnificente de tu amo, haciendo con tu codicia que el oro sea oro; y la sangre haces sangre con tu asco. Despojo, atroz juntura de piel con forma humana, doliente marejada de huesos próximos a buscar su primer respiro. Peso muerto, agua muerta, carne caliente que no es comestible: que es ardible, que es quemable, que es suave y gentil con quien la golpea, que nunca reniega de quien la está tocando, que se abre tan suave, y con tan bella melodía al filo del metal. Amable, bella presa de ser lo que eres en el tiempo cuando eres, en el lugar donde eres, con los ojos que tienes, con la cintura que tienes, con la sonrisa que tuviste.

Y ahora… ¡hay que mirarte! tenías que abrir la puerta, tenías que cruzar la calle. Tenías que verlo, de verdad tenías… tenías que encontrar sus ojos —oh— con su calor, los únicos ojos cálidos del mundo, las únicas manos suaves, el único pecho que dura diez segundos unido con el tuyo.

Está bien, no importa. Al fin y al cabo el mundo está lleno de miradas.

]]>
https://marlonob.info/m/c79033 Cuentos 2011-11-24
<![CDATA[Vendrá el diluvio]]> https://marlonob.info/m/c71959 Todo lo que le preocupaba era que nadie dejara se sentirse bien, si en sus manos estaba el conseguirlo; un nadie sólo limitado por aquéllos que no podía soportar —que no eran pocos, pero que no habían dejado de ganárselo— y por los desconocidos que no la habían mirado a los ojos. Francamente, una muchacha así pudo haber terminado de cualquier manera; pero esta forma del cualquiera es particularmente detestable porque implica la traición y el más profundo inmerecimiento. No es que ella no fuera mala: a veces, en efecto, olvidaba lo mal que se sentía saberse causante del dolor ajeno; a veces, también, lo que se requería para conseguirlo se hallaba muy lejos de su posibilidad o muy apartado de sus intenciones. No obstante, siempre se sentía mal de no poderlo. Un día la hicieron desaparecer, la esfumaron. Alguien en quien confiaba —en el que había confiado desde hace mucho tiempo— abrió un hoyo en la tierra, con el único, insignificante gesto de haberla visto a los ojos para despedirse. Le habían dicho que era demasiado para permanecer en el mundo, que sus intenciones eran vanidosas y ofensivas, que a nadie le haría falta ya su sonrisa ni su olor. Rellenaron el pozo con tierra y luego piedras y luego cemento. Pusieron encima un letrero en el que se leía: “Aquí no yace nadie“. Pero los fantasmas habitan en este mundo; sin tocarnos, nos hacen hacer.

Más abajo, los caballos que corrían desbocados se detuvieron; aunque no súbitamente: fueron desacelerando y al fin frenaron, moviéndose ya sólo por la inercia… hasta que las pezuñas se desgastaron y la lija infinita de la tierra alcanzó su carne. Quedaron entonces tendidos, mirando con el solo ojo con el que podían hacia el cielo, el lugar que antes querían alcanzar. Están esperando a que les crezcan alas, antes de que se les termine la sangre.

Pero también en ese tiempo hubo nacimientos: Los llantos inundaron a todo el pueblo y la esperanza en el futuro se convirtió en el único tema de conversación. Las nuevas criaturas se arrastraron haciendo ruidos molestos que no todos son capaces de soportar. Y no obstante, el tiempo pasa.

Ya nadie quiere decir lo que está pensando. Los traidores tienen un altar, pero sus consciencias nunca los dejan dormir. A los altares les crece la yerba encima. A los arroyos todos tiran sus deshechos, y los peces ya no quieren permitirlo; alguien les preguntó por qué: hizo mal, le dicen todos. Las aves tampoco quieren más de lo nuestro en su cielo, a ellas ya nadie quiere preguntarles. Pero aves y peces nos miran atentos, a nosotras, las criaturas de la tierra; nos tienen lástima, pues —dicen— están esperando el diluvio que hará callar a todas las sinrazones.

]]>
https://marlonob.info/m/c71959 Cuentos 2011-11-16
<![CDATA[Los demonios]]> https://marlonob.info/m/c40242 Le gustaba caminar por estas calles feas, maltratadas, perforadas por la lluvia tenaz y por la ambición de los que tienen permiso para hacerse con todo lo que quieran pasando por encima de quien quieran —salvo de unos cuantos, cuya cuantía e identidad es a veces confusa y puede llevar a malentendidos sangrientos y de mal gusto—. Pues bien, eso era lo que conocía, lo que se le había presentado como compañía en sus agradecidos momentos de lucidez y lo que él apreciaba como si fuera parte suya y, más aún, la parte suya que mejor pasa el tiempo y que más siente el derecho de estar pisando el suelo que es más fuerte y más para siempre.

Un día le pidieron que se saliera de ahí, que se fuera, que había algo que tenía que encontrar en otro lado. Naturalmente, poco se sabe de lo que es la muerte, de por qué se quiere o de por qué se da. Sí, hay gente que da la muerte y sí, también hay gente a la que le sorprende —en esta historia, lo increíble es que todavía sorprenda— el ver cómo se evanesce la vida que es la sangre, cómo se detiene lo que con su movimiento ponía en el mundo los colores, la belleza esplendorosa de los campos (ahora reducida a los pocos metros de jardineras que todavía se encuentran por ahí, salvajes, retadores y llamativos), los dolorosos lamentos que hacen el murmullo del barrio tan familiar, los chillidos de los animales y los lúcidos reclamos de las genetes olvidadas ya mucho tiempo atrás. Hay personas que no se acostumbran a ver lo inevitable. Durante largas décadas se esmeraron en convertir a la muerte en rito privado, en apercibirse de su inminencia sólo cuando le tocaba a quien me es más cercano, sólo a aquellos pocos de los que me sería inevitable perdonar su ausencia.

Eran sólo los viejos los que miraban a la muerte a los ojos, los que se sentaban a su lado y veían pasar con ella a los incontables e inmemorables niños y adolescentes —que con su cuerpo tierno manifestaban que aún había en el mundo la suavidad aquélla, la fluidez aquélla, la desenvoltura aquélla, la esperanza en la propia vida de llegar a más (¿más qué?: más Yo) […]. La viudas eran pocas en aquél entonces: siete años marcan, a veces, una distancia muy grande. Pero ahora hasta los viejos se indignan de ver muertos a los que recibieron con sus manos el día en el que nacieron. Por alguna razón sienten que eso no está bien, que las manos que ahora están dejando para siempre debajo de la tierra son las que debieron cavar la tumba para ellos, las que esperaban que les dejaran alguna flor los primeros años y que rezaran por ellos, chance y así… quién sabe…

Los viejos más viejos dirían —sabrían— que a veces la piel es muy porosa y la sangre demasiado bronca. Recordarían tal vez los tiempos en los que una mentada, un empujón, una mirada demasiado altiva era suficiente, los tiempos aquellos en los que la dignidad no era una gracia, sino que se tenía que ganar en un mundo que invocaba para sí la saciedad como punto de partida, el arrebato como medio de consecución y el trabajo extenuante hacho para otros como medio para no meterse en problemas: agacharse y callar o desafiar y jugarse la vida. Tiempos complicados aquéllos, en los que no era tan difícil encontrar en una conversación el insulto que lo hizo perder el control, la imagen del cuerpo tendido en la tierra, de la cabeza destrozada por la piedra, de la botella que le perforó la garganta mientras continuaba queriendo gritar para defender su honor, que era todo su patrimonio.

No se puede decir que esos tiempos han resurgido de las profundidades de la tierra y se han elevado para volver a respirarse en nuestros aires, a pisarse en nuestros pies, a iluminar nuestros ojos y a llenar nuestra nariz con su fetidez silvestre… No, al menos, como eran antes; aunque se parecen mucho. Si se es honesto se ha de decir que, simplemente, han perdido lo silvestre. Ahora hasta a la muerte llegó la burocracia; la tortura, el encuentro del placer en el dolor ajeno ya no sólo son posibles para los que tienen dinero, también para los que sacaron la credencial del lado correcto. Los del poder creyeron que sería fácil escoger a quién le regalaban nuestra vida, nuestro trabajo, nuestro dolor, nuestra esperanza y nuestra muerte; querían que nuestra enajeneción fuera más elegante. Pues bien, no era tan fácil: No sólo arriba hay ambiciosos, ni sólo la ambición justifica el despojo. Creyeron que sería bueno convencernos de que la posesión era la única felicidad, y para conseguirlo nos quitaron todo lo demás, nos dejaron en la carencia de sustento y de perspectiva. Nos dijeron “el que no pise, será pisado”, y formaron su pirámide; un rumor se oyó a lo lejos: “córtales los tobillos”, y empezó la cortadera y los de más abajo empezaron a temblar; los de más arriba mandaron a los de enmedio más abajo, para reforzarlos y su pirámide empezó a parecerse más a un pilar y en el su piso veían un campo de batalla. No les fue mal: ahora están más arriba, pero más inestables. Ya encontrarán, sin duda, una forma de solucionarlo; tal vez —no sería la primera vez— los de abajo se lo harán más fácil. El secreto está en obligarlos a mirarse sólo entre ellos, a que no se den cuenta de dónde están los que están arriba, ni cómo es que está allí. Desde abajo se ven como un mito.

Y, pues, aquí en al barrio parece que sólo los árboles mantienen la tranquilidad. Ya no hay trabajo que alcance, ni oscuridad que no asuste, ni rostro desconocido del que no se sospeche. No hay sosiego. Hay algunos que se acostumbran al miedo, y eso es de temer, porque a lo que se acostumbra uno, deja de sentirlo. “Prefiero matar que temer por mi vida”. Y así es: o deja de importarte tu muerte y entras en la ruleta de los arrebatos, o sigues temiendo por ella y sólo te queda conseguir un escondite y hacerte viejo más pronto que los viejos de antes. Bueno, en realidad, no todos tienen elección.

En México hemos, pues, de vivir en el infierno: Donde buscar la felicidad es penado con el dolor y con la muerte… si hemos de vivir.

Cuando le pidieron que se fuera, le pedían así que saliera del infierno. Y él los miró, se sentó en una de esas piedras que son muy buen asiento, frotó sus manos sobre sus pantalones, levantó la vista: miró los árboles y los animales: —“Yo no veo un infierno… sólo veo, a veces, demonios…”

—Demonios hechos de carne, con botas en los pies, con gigantes camionetas negras y con armas de metal que son toda su vida y toda nuestra muerte y nuestro pesar. Los veo, pero no veo el infierno: el infierno lo siento, no se halla más allá de mis pies.

Así les dijo, y fue luego a la tienda por un refresco de vidrio. Volvió a su piedra, apoyó su mano izquierda en su rodilla, miró a los árboles y a los animales, tomó un sorbo de su refresco y suspiró.

]]>
https://marlonob.info/m/c40242 Cuentos 2011-11-10
<![CDATA[Veinte años no es nada]]> https://marlonob.info/m/c46132 Mauricio morirá en cinco minutos… y él lo sabe. No con esa clarividencia con la que se puede decir “me quedan cinco minutos”, pero lo sabe, lo siente en su respiración y en su sangre (se vuelve uno muy receptivo cuando está en el último lecho). Ahora, postrado, recuerda la última vez que visitó la playa; la primera se le escapa, la segunda es imprecisa, es un invento quizás, uno de los últimos que jamás tendrá. Cómo le gustaba el calorcillo y el agua, combinación mágica por la que nunca supo a quién agradecer, pero que habría alguien sin duda, porque no es posible que se dé tanta felicidad por mero —cómo decirlo— bueno, sin que esperara que alguien fuera feliz por eso. Sí, la arena en los pies, arena sabia que puede todo ser en el momento en el que el agua la vuelve moldeable… El agua mágica, fuente de la vida y asesina de tantos que mejor es no recordarlo por un momento y contemplarla; sí, contemplarla como si no se estuviera ahí, viendo sin estar en lo visto, sin tomar en cuenta que unos metros más allá te devoraría, te llevaría a su morada de muerte infinita, de ausencia infinita. Es como estar contemplando el umbral de la muerte bella —¡“bella”, dicen los ojos!— y admirando su majestad, su tiempo, tan grande tiempo que es inconmensurable con el propio. Ah, sí, la playa; el calor, sí; el calor, por favor, el calor… hace tanto frío aquí, debajo de estas cobijas, al lado de estas ventanas, contemplando el librero con tantos volúmenes pendientes. Uno tras otro, todos lo acosan, lo miran y lo acusan y él sólo agacha la cabeza y recuerda todas las comidas horribles que tuvo que soportar para armar su biblioteca, los libros son cosas caras, por alguna razón que nunca alcanzó a comprender del todo, pero que ahí estaba, aunada a ellos y que ahora no le daba más tiempo de investigar, tampoco sabrá en detalle los sucesos de la revolución cultural china, ni la forma en la que se pueden hacer esas gráficas bonitas en las computadoras, como la otra vez vio que su sobrino podía. Todo terminará, y ya no tendrá más el calor de la playa iluminando sus mejillas.

No se trataba sólo de las cosas inútiles acumuladas que ahora tienen como destino el olvido inicuo y el desprecio de los suyos; ni tampoco sólo de las cosas que pudieron ser y no son. Se trata, antes que nada, de las cosas que fueron y que no serán ya, no más, no nunca, no después de cerrar los ojos ahora o en un minuto. Sí, Mauricio lo sabe: la siguiente vez que cierre los ojos, no volverán a abrirse por ésta su voluntad y cada vez está más cansado para mantenerlos abiertos. Tiene hambre —se acuerda de que tiene hambre— y de eso hace un rato; su panza ácida, su panza más fría que el resto de su cuerpo, que necesita más el calor que ninguna otra de sus partes frías también, pero insensibles; recuerda la sensación de la sopa, de aquélla que le preparaba su madre siempre, invariablemente cuando volvía de la primaria; esa sopa siempre lo ponía feliz, siempre ¡SIEMPRE!…… ¡No! La locura, el odio, los celos; los celos malditos, los desprecios, la secundaria, las faldas escolares que se escabullían en los estrechos espacios entre la bardas perimetrales y los salones adyacentes; los deseos fallidos y las caras lindas que dijeron que no (muy lindas, muchas caras) y de ahí al infierno. ¡No pienso visitar el infierno ahora! Si ya no puedo la playa, tampoco tendré la pudrición de las mujeres, de la belleza que nunca acaba de pagarse. Se quedará Mauricio con su dignidad, que por ser poca la vida que le resta, la encuentra poca él también a ella, sin posibilidad de la altivez de su rostro que por algunos años tomó por prioritaria.

Entra la luz por la ventana. La cortina mal abierta deja entrar poca, un lánguido haz de luz y de calor que termina por sobre la cobija que cubre sus pies casi insensibles, mientras su cara grita por un poco de eso, qué más da, más o menos así es todo siempre, pero, ¿por qué ahora? ¡No! ahora no debería. Solo. Son las diez de la mañana y sigue solo, sin una vuelta, ni un ofrecimiento de desayuno, ni una manera de dejar escapar la mirada, de decir “¡Mírame!, mírate”, de gritarlo con los ojos. Mauricio tiene 35 años. Es sábado; perfectamente entendible que en la casa se pretenda prologar el sueño, así suele ser la vida cuando uno está vivo, y está bien. Ahora que lo examina con detenimiento, no valía la pena todo ese tiempo que antes pasó previniendo la muerte y pensando en ella, pero no como una posibilidad de su existencia, sino como un momento en su vida; no como reflexión sobre lo que la muerte significa en la vida, sino como cobardía mundana inmediata por apartarse de su posibilidad, por aferrarse a todo lo que en el mundo le es… tiempo, por aferrarse al tiempo y a su contenido de formas y sensaciones miles… por lo menos, la vida, cuando menos estoy vivo… hay esperanza. Pero hoy no, hoy ya no hay esperanza, a penas deja de ser gris las luz, apenas lo ojos permanecen abiertos, a penas la respiración, a penas vivir. Bien, todo bien. Esto se sabía, pero no el olor, nadie le advirtió del olor y eso no es justo, no es justo que le pidan serenidad si nadie le había dicho del olor. Es difícil bañar a Mauricio, así que ahora lleva una semana sin sentir el agua tibia y son los picores y los olores que tanto desprecia —despreció— los que lo acompañan en su pena, y lo saludan en la mañana y lo despiden en la noche, y que ahora lo despedirán para siempre. Sí, ahí viene la mierda; no podía faltar. Que venga, pues, que nos acompañe hasta el final que venga con el olor más fino todavía. Ya está, no hay nada más: excretada, inundando todo el cuarto, inundando las fosas nasales junto con la comezón, con el hueco infinito de su panza. Este olor y estas sensaciones, hasta el final; de ahora en adelante, todo, todo lo que hay y todo lo que existe es este olor, esta comezón, las hormigas y el delirio. Ya lo siente, ya está podrido ya lo están consumiendo, y no las llamas purificadoras, sino la bajeza sucia de lo orgánico. Siente ya sus partes divididas y sus músculos desgarrados desde dentro. De él mismo sale su destrucción; de él mismo sale la mierda, compañera fiel. Gracias, pues, por estar ahora, como siempre, conmigo, por ser yo, por dar testimonio de que este mundo no es igual gracias a mí y por dejar en él mi rastro, que otros deberían seguir, eso supongo, que deberían buscar los residuos de mis mierdas y decir “estuvo aquí y dejó su mierda para el consuelo de los que lo sucedemos”, alguien debería; sin dudas alguien lo hará, su huella, sus pasos que quedaron efímeramente marcados en la tierra, sus libretas que ahora estén entre un montón de basura y las que estarán con ellas dentro de poco, tal vez un mes, a lo mucho un mes.

Pero ahora nada se compara con el frío del estómago, pero como el dolor no se piensa, ha de pensar entonces de otra manera y en otra cosa, el silencio no, por favor; no el silencio que evanesce al mundo, no todavía, aquí hay fuerza, aquí hay sangre, ¿es que no lo ve quien haya de verlo? ¡VÉANLO! roja y tibia como las otras, más que las otras, más que todas, la única sangre verdadera del mundo.

Este cuarto, lo odio. ¿Por qué no me llevaron a un lugar extraño, al lugar del rito de la muerte, en el que todo la anuncia, en el que todo la espera, en el que la frialdad y la practicidad a ultranza ayudan a descubrirse ajeno a la estancia, a la presencia del mundo, al transcurrir de la vida? Se les ha ocurrido dejarme aquí, en mi casa y más que en mi casa, en mi cuarto, con mis cosas, con todos mis futuros anhelados y deberes pasados postergados, con las fotos de la playa en ese cajón, inaccesible, con la mitad de las Obras Completas de Bach pendientes de escuchar, antes de que complete mi colección de la edición de Les Belles Lettres de los diálogos de Platón, sin llegar a conseguir lo que me falta en mi vida, yo que siempre me he afanado en conseguir cosas y en perder en la memoria frágil las cosas que conseguía, pero, entonces ¿cómo estaba vivo? ¿Estaba? Sí lo estaba porque sentía, pero la sensación no está, ¿dónde está? ¿Qué está? Está el olor a mierda, ésa es la sensación, está la comezón y está el frío carcomiente del estómago… y de los pies, son las sensaciones eternas, son lo que ha existido siempre, no ahora, siempre, eternamente, toda mi vida es este olor a mierda, esta comezón y esta carcomida. Todo el tiempo no es sino todo el tiempo que es: todo nos lleva aquí. Gráciles y armoniosos pétalos de rosas cayendo por cientos… Y todos los trabajos de mi brazo que ahora son el dolor de la atrofia, y todos los pasos de mis pies que ahora son el entumecimiento corrosivo, y todos los colores de mis ojos y todos los calores de la playas que ahora no son nada, todas las arenas que previeron mi futuro y que se reían ufanas de la pretensión de eternidad que eran mi risa y mi felicidad, ¿cómo se me fue a olvidar que soy poco menos que el instrumento de un instrumento? ¿Cómo me atreví a sentir que era algo cuando no soy nada? Y sin embargo me atreví, y estas cosas que me atormentan ahora son tan nada como yo… Pero han de ser menos nada porque pueden sobre mí, porque no me dejan escapar, ¿cuál será la programación de la próxima semana?, la siguiente versión del sistema operativo de mi teléfono, ¿qué tendrá de nuevo? Las elecciones, tengo que ir a votar, no puedo dejarme ir sin haber votado para hechar a los ladrones que asesinan y mandan a asesinar para poder robar más y más bonito, sin ver cómo se puede salvar el país, el vecindario, sin que me aumenten el sueldo para poder volver a la playa. Cosas-nada que me sobre-viven, hay muchas. Mi mundo inacabado para siempre, habría que hacer que el mundo acabara antes que uno, que se pudiera ver su conclusión, su desenvolvimiento rudimentario hasta el fin. Curiosidad; nomás por eso, no pido vivirlo, aunque sea cuéntenmelo, díganme…

—Tengo… frío — intentó, al fin, decir Mauricio; pero la voz se le negaba, se eschuchaba como un sordo balbuceo, que se entendía mejor por el intento de levantar el brazo para alcanzar con su piel lo que se le aparecía en la mirada: la luz, el calor, la arena distante dentro de eso cajón

Al fin, aquí estoy. Al fin… no puedo esperar a que el sol alcance mi rostro, tengo sueño, mis ojos arden. Al fin, hoy tiene que ser. Y comenzó a subir débilmente la mano por su cuerpo, la frotó despacio contra su pecho, contra su cuello, contra sus mejillas, contra su frente. Más rápido, por qué no pueden más rápido; más vivas, por qué no pueden más vivas. Temblaba, con el calor de sus manos temblaba. Era la vida que le quedaba y que se convulsionaba para despedirse. Con las manos en el rostro, la mirada en el techo multiforme y la mierda en las narices, el cuerpo de Mauricio abandonó toda pretensión de realizrse, todo anhelo, todo pendiente. Se abandonó al gobierno tirano de lo otro y de los otros. Se acabó quince minutos antes de que aquel rayo de sol lo tocara, seis días antes de que las flores de su jardín se colorearan, a trescientos kilómetros de la playa. Se acabó.

]]>
https://marlonob.info/m/c46132 Cuentos 2011-10-10
<![CDATA[Nos han quitado la esperanza]]> https://marlonob.info/m/r60363 Nos han quitado la esperanza, se la llevaron, la metieron en unos palos y nos machacaron la determinación con ellos, nos hicieron cobardes con amenazas de infantes, nos cercaron con el horror y nos vendaron los ojos para que desarrolláramos amor incondicional al micro‐mundo que llega de la casa a la escuela a la cantina al trabajo a la cárcel a la cena de navidad al siguiente torneo mundial de futbol —felicidad, por favor, felicidad para mí, felicidad sin sacrificio, felicidad sin que la miseria me hable, ni aún la mía, ni la de mis amores—.

Ya nada se puede hacer, hay que dejar que hagan y que sus actos nos lleguen lo menos, aunque a medio mundo se lo lleve la chingada; el medio mundo que está a dos tres pasos de mí, que está más allá de mi alcance (mundo para mí, mundo de un metro cuadrado). ¿Te acuerdas de cuando el futuro significaba lo mejor, aunque el presente fuera la muerte? ¿Y ahora? Ahora la felicidad está confinada a la ratonera que nos han dejado ¡Hay que vivir así! Hay que retrotraerse, retroquererse, retrovivir y finalmente emparedarnos para poder alejarnos de la maldad que —oh, maldita— nos acorrala a nos —oh, impotentes— ¿Qué se le va a hacer? Más máscara, más huida, más yo para regodearme; menos dolor que no puedo evitar, dios mío, menos justicia que se me reclame.

Llévensela, llévense a la esperanza, que con ella sólo se puede la hipoteca y el desdén; llévensela, que sin ella no hay culpa, sólo resignación y ahi con esa sí me llevo.

]]>
https://marlonob.info/m/r60363 Arrebatos 2010-12-20
<![CDATA[Todo lo que nos place y conforta viene, se va; regresa a veces, pero luego se va otra vez y, así, alguna vez no regresa ya jamás]]> https://marlonob.info/m/c68906 Siempre gustó de tomar los dulces recién hechos de la alacena de su abuela, «¿cómo hará la abuela, que siempre tiene tiempo y siempre tiene ganas de ser feliz?» Una pregunta que jamás halló respuesta, pues cuando fue posible que se contestara, el interés se había ido y con él se llevó el recuerdo mismo de la felicidad de la abuela —una especie de felicidad que a la abuela competía y a nadie más, ni aún al abuelo y a sus ansias de regresar a los tiempos en los que nada importaba que no fuera estar contento, en los que la refulgencia de la mismidad repelía la desgracia y el llanto de quien no estuviera más próximo de cincuenta metros— oh, qué dicha, oh qué autosuficiencia que el sólo mentar las golosinas, el sólo revivir el toque descompuesto de los muebles, el olor a campo en otoño y a perfume en el cuello de una dama por la noche eran suficientes para que la excitación lo atacara y la sonrisa llegar sin demora. Consuelo de las golpizas y de las malquerencias, nunca más volverás a consolarlo, nunca más tendrá un consuelo tan completo: demasiados pensamientos, demasiado enredo, demasiadas las formas a las que se debe y los infieles lazos con el mundo crudo en su realidad, distante de toda querencia.

Alguna vez tuvo un amigo leal y siempre dispuesto —a veces muy dispuesto— a hacerle compañía. Se llamaba Chicho, un cuche que le daba el poco tiempo de su vida en las tardes de calor soporífero en el terral ocre y casi árido en el que todos los días pasaba y dejaba las huellas de su vida, que la tierra, una y mil veces habría de despreciar. Chicho era feliz de estar con él y le profesaba lealtad no conocida, ni vuelta jamás a conocer; el escaso conocimiento que de sí mismo tenía no le permitió oponer las desventuras propias de su condición ni su inexistente ansia de remediarlas contra los momentos de felicidad que el entonces niño le prodigara con las caricias y las palabras entonadas cual melodía y, sobre todo, con las miradas que acompañaban al habla: miradas a los ojos, escaparate de reconocimiento; “yo soy más allá de mí” parecía sentir el puerco.

Y vaya que sentía y gemía y lloraba de felicidad al regreso del niño de la escuela; y el niño lo miraba desdeñoso entraba a su casa a comer frijoles con chile y queso, salía de la casucha, merodeaba jugando con latas de sardinas como automóviles y botellas vidrio como barcos… y a luego regresaba con su amigo, luego de ir a limpiar a las gallinas, luego de ir a sembrar lo que en la mañana no se pudo ya, luego también de dar la vuelta y de encontrarse con la niña, con el niño, con la risa fugaz y desgraciada que en la infancia tan bien puede hacernos —no a todos, desde luego— clarear los ojos con los cristalinos caprichos de la humedad lacrimosa. Ya luego sus pies descalzos se dirigían al sendero bien aprendido por él y por la tierra misma que de alguna manera, quizás, compensaba todas la otras huella que le negaba a dejar en ella por más de unos pocos minutos. Y lo encontraba, se encontraban, se veían y se decían de muchas maneras muchas cosas, hasta que el ocre de la tierra se confundía con el ocaso que al nivel del mar (aunque muy lejos de él) parece que dura más tiempo que el amanecer, aunque menos que la noche oscura, donde otra vez la soledad golpeaba a Chicho, que descansaba siempre viendo hacia la tenue luz que de las velas manaba y que lo alcanzaban por las rendijas de la junturas imperfectas que eran pared de la casa, muy casa como para permitirle estar en ella... muy casa, hasta el doce de diciembre.

Dejados de lado todos los momentos grandiosos, el calorcito del corazón, las cosquillitas en la pansa, las miradas – esas miradas que de por vida bien-mal-dicen todos los tiempos. El niño peleó, pataleó, insultó… y al fin corrió hasta la huerta que los ricos tenían cerca de su casa, se trepó a un árbol y lloró, mientras desde su casa se escullaba el chillido de dolor más clamoroso de lo que se hubiera imaginado; Chicho, correteado hasta que se le dio alcance, jalado de las patas mientras sabe lo que le ha de acontecer, poniendo todas sus fuerzas en una huida que sólo lo agota, que es imposible, dejando toda la energía que habita aún en su cuerpo escaparse por conseguir un centímetro más allá del peligro, un centímetro que no sabe que será fácilmente remontado viendo la nada, la muerte en los ojos de los que felices bebían y hablaban entre ellos sin la mirada del reconocimiento. Chicho buscaba los ojos, los necesitaba; no había ya más en su mundo que el pavor, la desgracia y los chillidos clamorosos, la invocación de los momentos de brillo en los ojos de felicidad, donde no importaba nada lo del mundo porque lo de la pansa era bonito.

Y el niño siguió sobre la rama de su árbol, sabiendo de la irrecuperable felicidad, mientras Chicho, aún llamándolo era colgado boca abajo y su cuello cortado para que lentamente se desangrara mientras lo que alguna vez llenó de vida todo el cuerpo, lo que le dio el calor para sentir el bien —¡Sí, señores, el bien del mundo!— era recogido en una cubeta… y los chillidos cesaron y la respiración fue cada vez más ínfima y el calor cada vez menos, los ojos más opacos y la llamada más perdida y la lengua más salida y la vida menos vida.

El niño, pues, pasada la indulgencia fue bajado de su árbol a golpes y sentado en un tronco alrededor del caso y se le dijo “vas a comer hijo de la chingada” y fue humillado, vilipendiado y golpeado hasta que mordió un trozo aderezado por las lágrimas y el dolor. Luego, fue corrido de ahí y no se le permitió comer cualquier cosa sino hasta dos días después de la muerte de Chicho, quien fue su amigo, en quien sólo conoció la lealtad y el cariño, y de ahí en más todos fueron demasiado gentes para dejarse amar o para poder amarse.

]]>
https://marlonob.info/m/c68906 Cuentos 2010-09-20